viernes, 21 de febrero de 2014

El Hada y el Miñip

El Hada y el Miñip
                El hada volaba alegremente por el campo. De vez en cuando se paraba sobre alguna hoja y surfeaba por el rio. Siempre saludando a cuanto animal o criatura mágica encontraba a su paso. Marisa es una hadita muy social, afectuosa y sonriente. En todo el valle no ha existido alguien tan popular como ella. 
                En muchas ocasiones rechazo la oferta de realizar las labores que toda hada de prestigio y alta alcurnia hubiese deseado, a ella le aburrían los oficios como: el cambio de estación, soplar las hojas en otoño o mantener el equilibrio de humedad en el aire.
                Su verdadera pasión era dar color, sentir los cambios,  pintar los matices, dibujar las texturas y esculpir con sus pequeñísimos dedos mágicos, uno a uno, los tallos, dar relieves escandalosos a los troncos de los árboles, una que otra decoración en piedra y contrastantes colores en las flores. Aunque bien era cierto, que, no le encantaba la idea de pasar incontables horas pintando las verdes hojas del viejo sauce, que al paso de unas horas, el monótono color, la hacía desvariar. Soportaba la labor por que el resultado era un hermoso paisaje.
                Marisa no quería perder su tiempo en pintar una y otra vez las Hojas, lo que a ella más gustaba era dibujar las finas líneas en las flores, especialmente, las Lilis y Astromelias que siempre reían al pasar los deditos llenos de tinta por sus pétalos; Dar contorno a los gruesos troncos y adornar con graciosos tonos  los hongos bajo el árbol mayor.
                Si esto no fuera suficiente, por petición del Mñip se  tenía que pintar el follaje de café durante el otoño, dedicar tanto tiempo al detalle de las hojas le provocaba tedio. Esto le molestaba, todo el verdor que daba vida al árbol, al pintarlas de café las hacia estremecer y caían.  –yo creo odian el color. Decía Marisa-. Daba la impresión de dejar un sauce viejo y cansado.
                Un día harta de la sepia labor fue a hablar con el espíritu que vive entre las ramas del viejo llorón “el Miñip” era un ser poco conversador. A diferencia de otros árboles que pasaban su existencia luchando, dedicando sus días y todos sus esfuerzos por alcanzar algún día el sol, a estirar aunque sea un poquito más sus ramas para acercarse al flameante astro.

Muy por el contrario. El Miñip, en su anciana sabiduría, En lugar de amontonarse con otros árboles, vivía un tanto aislado, Su devoción no era fiel a la grandeza del sol sino a las pequeñísimas hojas que le adornaban, dedicaba sus días a meditar. dejaba caer sus ramas flexibles pero resistentes a los costados. Dedicaba su existencia a recibir de toda dirección la energía del sol padre. En lugar de grandes hojas, el viejo sauce las prefería pequeñas y delgadas, asi sus queridas hojitas cabían más y mejor.
               
                Perdón que lo despierte, necesito decirle un par de cosas, ¡no me impresiona que te llamen sauce llorón!, comenzó hablando Marisa acalorada. -Yo también sería inconsolable si lo más hermoso de mí ser, cayera año con año dejándome triste y despojado de mis hermosas hojitas, "quienes por cierto yo me encargo de dar color y tener presentables"-.      
                ¿Eh? Esbozó un ruido el amable gigante
                -la mitad del año pintando todas tus lindas hojitas, cuidándolas, poniendo lineas y bordes, hermosas y llenas de matices, combinan con el entorno, generando la vista que todo lo acapara. ¡Pero claro que no! El Sauce Miñip exige su cambio de estilo anual, gritoneaba la pequeña Hada-.
                ¿Disculpa? Replico el aletargado grandulón.
                -¡Quién es usted y porque motivo condena a esas pobres y hermosas hojas!
           
- Solo porque conozco tu motivo y se es noble contestare, pequeñita-. dijo el gran sauce.
                -La mismísima madre me entrega  la vida de la tierra y todos sus nutrientes, a través de mis pies,  allá abajo, donde millones de lombrices cosquillean mis miles de largos y reticulares dedos; agua y minerales recorren e inundan de fertilidad mi ser. Durante mi vida, soy y seré el instrumento que transmite la vida de la tierra al cielo. el que mantiene el balance del oxígeno que respiras, quien cría y enseña a respirar, aquel que alimenta esas hojitas y las ve crecer; pero sobre todo soy quien nostálgico, ve partir para no volver a sus bebes año con año.
                Perdone sabio Miñip por haber menospreciado su labor, y turbar su quietud con mis absurdas observaciones sobre mi absurdísima actividad, jamás imagine la magnitud de su sacrificio.
                 No te disculpes pequeña niña, ofendido no estoy, si has de disculparte debe ser contigo misma, la única faena que menosprecias es la tuya misma, al creer que no tiene importancia. Sin esos tonos sepias las hojas no conocerían el color de su verdadera madre, la tierra que regaló sus nutrientes para que esas pequeñas hojas lograran crecer.
                -Al ver el marrón de su reseca piel recuerdan su verdadera naturaleza y gustosas desprenden su cuerpo al incierto vuelo, a reencontrarse con quien tiene años viéndolas, desde lo bajo, crecer. No hay sacrificios, simplemente, es regresar a los brazos de su madre. Lo que vive en mí y en ti, es parte de un ciclo mucho más grande que cualquiera de nosotros o que la vida misma.-
                Dicho esto el Miñip cerró sus ojos y siguió descansando. Marisa no pudo contener su llanto y emprendió el vuelo henchida de emociones rumbo a la copa del árbol. De los ojos salían lágrimas que empañaban su visión y sus manos destellaban hermosos tonos beige y marrón; escenas de criaturas regresando a los brazos de su madre, hojas cayendo emocionadas; Dibujos de amor y comprensión.
                Por fin Marisa vio la belleza de la muerte,  encontró que no es ausencia ni negrura, se trata de millones de grises matices que convergen y  convierten la separación de vida y lo inerte en algo irreal, que la vida es un ciclo y para crear vida hay que modificar la actual. Solo el movimiento genera crecimiento.
                Nunca un otoño había sido tan terreo y perfecto.

 Fin.

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