viernes, 21 de febrero de 2014

El Hada y el Miñip

El Hada y el Miñip
                El hada volaba alegremente por el campo. De vez en cuando se paraba sobre alguna hoja y surfeaba por el rio. Siempre saludando a cuanto animal o criatura mágica encontraba a su paso. Marisa es una hadita muy social, afectuosa y sonriente. En todo el valle no ha existido alguien tan popular como ella. 
                En muchas ocasiones rechazo la oferta de realizar las labores que toda hada de prestigio y alta alcurnia hubiese deseado, a ella le aburrían los oficios como: el cambio de estación, soplar las hojas en otoño o mantener el equilibrio de humedad en el aire.
                Su verdadera pasión era dar color, sentir los cambios,  pintar los matices, dibujar las texturas y esculpir con sus pequeñísimos dedos mágicos, uno a uno, los tallos, dar relieves escandalosos a los troncos de los árboles, una que otra decoración en piedra y contrastantes colores en las flores. Aunque bien era cierto, que, no le encantaba la idea de pasar incontables horas pintando las verdes hojas del viejo sauce, que al paso de unas horas, el monótono color, la hacía desvariar. Soportaba la labor por que el resultado era un hermoso paisaje.
                Marisa no quería perder su tiempo en pintar una y otra vez las Hojas, lo que a ella más gustaba era dibujar las finas líneas en las flores, especialmente, las Lilis y Astromelias que siempre reían al pasar los deditos llenos de tinta por sus pétalos; Dar contorno a los gruesos troncos y adornar con graciosos tonos  los hongos bajo el árbol mayor.
                Si esto no fuera suficiente, por petición del Mñip se  tenía que pintar el follaje de café durante el otoño, dedicar tanto tiempo al detalle de las hojas le provocaba tedio. Esto le molestaba, todo el verdor que daba vida al árbol, al pintarlas de café las hacia estremecer y caían.  –yo creo odian el color. Decía Marisa-. Daba la impresión de dejar un sauce viejo y cansado.
                Un día harta de la sepia labor fue a hablar con el espíritu que vive entre las ramas del viejo llorón “el Miñip” era un ser poco conversador. A diferencia de otros árboles que pasaban su existencia luchando, dedicando sus días y todos sus esfuerzos por alcanzar algún día el sol, a estirar aunque sea un poquito más sus ramas para acercarse al flameante astro.

Muy por el contrario. El Miñip, en su anciana sabiduría, En lugar de amontonarse con otros árboles, vivía un tanto aislado, Su devoción no era fiel a la grandeza del sol sino a las pequeñísimas hojas que le adornaban, dedicaba sus días a meditar. dejaba caer sus ramas flexibles pero resistentes a los costados. Dedicaba su existencia a recibir de toda dirección la energía del sol padre. En lugar de grandes hojas, el viejo sauce las prefería pequeñas y delgadas, asi sus queridas hojitas cabían más y mejor.
               
                Perdón que lo despierte, necesito decirle un par de cosas, ¡no me impresiona que te llamen sauce llorón!, comenzó hablando Marisa acalorada. -Yo también sería inconsolable si lo más hermoso de mí ser, cayera año con año dejándome triste y despojado de mis hermosas hojitas, "quienes por cierto yo me encargo de dar color y tener presentables"-.      
                ¿Eh? Esbozó un ruido el amable gigante
                -la mitad del año pintando todas tus lindas hojitas, cuidándolas, poniendo lineas y bordes, hermosas y llenas de matices, combinan con el entorno, generando la vista que todo lo acapara. ¡Pero claro que no! El Sauce Miñip exige su cambio de estilo anual, gritoneaba la pequeña Hada-.
                ¿Disculpa? Replico el aletargado grandulón.
                -¡Quién es usted y porque motivo condena a esas pobres y hermosas hojas!
           
- Solo porque conozco tu motivo y se es noble contestare, pequeñita-. dijo el gran sauce.
                -La mismísima madre me entrega  la vida de la tierra y todos sus nutrientes, a través de mis pies,  allá abajo, donde millones de lombrices cosquillean mis miles de largos y reticulares dedos; agua y minerales recorren e inundan de fertilidad mi ser. Durante mi vida, soy y seré el instrumento que transmite la vida de la tierra al cielo. el que mantiene el balance del oxígeno que respiras, quien cría y enseña a respirar, aquel que alimenta esas hojitas y las ve crecer; pero sobre todo soy quien nostálgico, ve partir para no volver a sus bebes año con año.
                Perdone sabio Miñip por haber menospreciado su labor, y turbar su quietud con mis absurdas observaciones sobre mi absurdísima actividad, jamás imagine la magnitud de su sacrificio.
                 No te disculpes pequeña niña, ofendido no estoy, si has de disculparte debe ser contigo misma, la única faena que menosprecias es la tuya misma, al creer que no tiene importancia. Sin esos tonos sepias las hojas no conocerían el color de su verdadera madre, la tierra que regaló sus nutrientes para que esas pequeñas hojas lograran crecer.
                -Al ver el marrón de su reseca piel recuerdan su verdadera naturaleza y gustosas desprenden su cuerpo al incierto vuelo, a reencontrarse con quien tiene años viéndolas, desde lo bajo, crecer. No hay sacrificios, simplemente, es regresar a los brazos de su madre. Lo que vive en mí y en ti, es parte de un ciclo mucho más grande que cualquiera de nosotros o que la vida misma.-
                Dicho esto el Miñip cerró sus ojos y siguió descansando. Marisa no pudo contener su llanto y emprendió el vuelo henchida de emociones rumbo a la copa del árbol. De los ojos salían lágrimas que empañaban su visión y sus manos destellaban hermosos tonos beige y marrón; escenas de criaturas regresando a los brazos de su madre, hojas cayendo emocionadas; Dibujos de amor y comprensión.
                Por fin Marisa vio la belleza de la muerte,  encontró que no es ausencia ni negrura, se trata de millones de grises matices que convergen y  convierten la separación de vida y lo inerte en algo irreal, que la vida es un ciclo y para crear vida hay que modificar la actual. Solo el movimiento genera crecimiento.
                Nunca un otoño había sido tan terreo y perfecto.

 Fin.

jueves, 20 de febrero de 2014

Nacho y Cenobio


En un país del Continente Americano, más allá del ecuador, hay una nación llamada México. Cerca del centro de este gran país, en el árido desierto donde no hay ni maíz, allá en el pueblo viejo, en la cantina a contra esquina de la plaza, tras las puertas abatibles de madera color mostaza, sentados en la barra, frente a dos caballitos, un par de limones cortados a medio chupar, sal y botella de tequila que empezaba a agonizar; Se encontraban dos alegres compadres, riendo y hablando de algunos descuadres.
                -Compadre, compadrito, he tomado en demasía,  el tequila  surte efecto, mi cabeza da vueltas y la siento vacía-, ¡a que te refieres nacho! contestó el otro borracho, blandiendo la botella su mejor amigo Cenobio, con muestra en la cara de mínimo de agobio.  
                   
                -¿Qué le acongoja compadre nacho?- dijo cenobio, -Parece que busca apapacho.-

                 -Es la maría que me tiene abrumado, me grita y regaña, yo ya no soy su amado. ¡Ay cenobio creo lo hace con saña!-.
                ¿Pos que le hace? o ¿qué le dice? -Preguntaba interesado el compañero-. ¿Acaso quieres que te canonice? -Se acercó y ofreció otra copa el cantinero-.
                 -La María,  es la María, ya no habla de nuestros amores, solo echa en cara todos sus rencores; que si el futbol y que si apesto, que es el alcohol la razón, por la que ni atención presto. Le juro compadre que no hago daño. ¡Disque soy re necio! Que soy tacaño y  solo veo el precio. Pero quietecito que me quedo y la escucho murmurar, ahí, ya sé que en esos casos lo mejor es adular-. 
              
                 -Hace rato argumentó, que me la paso con mis amigos. Ahí se soflamó y me mandó a comer higos. Ay compadrito, ya no se ni que hacer, esa mujer testaruda me hace enardecer. No entiende de razones ¡yo tan bueno que soy! y ella con sus canciones-.

                -Así son las mujeres-, contestó Cenobio, -son re buenas, pero a veces te hacen sentir microbio. Yo aconsejo mi apreciable y querido viejo, que para evitar futuros problemas se deje de tarugadas. Dígale a la futura muchacha que le gusta la garnacha, las tardecitas de futbol  y las cervezas bien heladas-.
                 -Es que compadre no se haga menso, usted no piensa cambiar, por eso luego lo traen del pescuezo. Agarre una que le aguante la fiesta y lo acompañe en su siesta. Ella también se divierte, escuche atento. Aquí, todo se lleva el que les invierte. Las mujeres de hoy están muy cambiadas, no aguantan chicotes, porrazos ni cachetadas-.

                 -Ora compadre no me regañe, -contestó Nacho-, con cosas que no atañe y de que soy gacho. ¿Ósea que es mi culpa que mi vieja me grite? no lo entiendo por más que medite-.

                El cómo reaccione maría no te compete, por favor no hagas tanto brete. Lo que yo digo, es que te quedes estable con alguien más amigable. Que comparta lo que gustas y peleen a mano en las justas. Alguien con quien quieras estar, pasar veinticuatro horas sin tener que ajustar, buena amiga y compañera, que no sea solo de bañera; considerada por gusto y no obligación, al sentirse parte cómplice de tu condición. 

martes, 18 de febrero de 2014

Toñito y el Almirante.

         Hace muchos años en un pueblo llamado El Zacamecate, caminaba un pequeño niño con su abuelo El Almirante. Un hombre sabio de largas barbas y cabello de cebolla; al verlo toma aire y nota la quietud que se desarrolla.

            El niño por su parte, inquieto e insurrecto brincaba al caminar por el campo abierto  y abrupto. Brinco y brinco da Toñito intentando hacer a su abuelo desesperar. Pero el amable almirante solo lo ve pasar.

          -Abuelito, abuelito. Qué es esa bolita de algodón que cuelga del alfeizar- gritó y corrió el pequeño niño como si fuera a cazar. -¡Espera Toñito!- gritaba el abuelo, -es una mariposa escondida bajo su velo.- ¿Una mariposa?- Respondió el pequeño niño.- No me mienta Almirante, que no soy cualquier granate-.

          -Las mariposas son bichos que vuelan con miles de colores. El algodón no planea aunque lo muevan los dolores-, dijo ensalzado el pequeño niño, que si bien no es apacible, es conocido por su inteligencia plausible.

 -No juzgues sin conocer, dijo tranquilo el anciano, Investiga su proceder y verás que mi razón viene de antaño-.

-Al igual que los árboles y las flores, las mariposas cambian para deleite de sus amores. Nace pequeña y escurridiza, con gracia puedes ver sobre la leña como la oruga se desliza-.

 -¿Por quién me tomas anciano insensato?, ya te dije que no soy ningún suato. Replicó molesto Toñito. A lo que su abuelo contestó con un suspiro: -¡ay mijito! La inteligencia deja de ser virtud si no se acompaña de paciencia que le dé magnitud. Continuó el abuelo. ¡Ahora déjame terminar pequeño chimuelo!-.

                La pequeña oruga vive y come, come y vive. Incrementa mucho el tamaño  en menos de un año. Mientras el mundo gira y es un entero barullo, la pequeña oruga teje, se envuelve y vive en ese capullo.

                Pasados los días, tras mucha paciencia, la crisálida rompe su abadía,  liberando su esencia. Habilidosa la grácil mariposa, extiende sus alas de forma majestuosa. Libera su vuelo y surca los cielos. Conquistando así tan añorados anhelos.

                La vida de todos desliza en distinto camino, más sin embargo, todos tenemos un mismo destino. Por eso mi niño, vive y conoce tu tierra, disfruta la viña y juega en la sierra. En algún momento tus pies cansados pedirán descanso y solo tras este volarás al ocaso.

                Eres quien fui mi dulce Toñito,  serás quien soy, un dulce viejito. Nuestro espíritu será quien dibuje el azul del cielo junto hermosas mariposas flotando libres de duelo.

Luigi



               




viernes, 14 de febrero de 2014

Cigarrillo en China

En su hotel, el portero detiene la puerta para facilitar su ingreso, thanks, dice Luigi al entrar, de inmediato se siente ajeno a la escena. Un grupo de gente con relucientes copas de tinto en mano, desperdigados a través del lobbie. Derroche de elegancia y pose.
Frente a él, un negro y acharolado piano de media cola, no recuerda estuviera ahí. Ensimismado, el músico, hace gala de talento, cree reconocer las notas, The Heart Asks Pleasure First, se dice convencido. A un costado, advierte el altísimo pilar que divide al gran salón, a su derecha la recepción del hotel, a la izquierda, una espaciosa sala repleta de ansiosos fumadores. Decide hacerles compañía.
Se cuela entre la gente, encuentra un lugar para sentarse, el sillón de cuero café resulta más acogedor de lo esperado. Saca un cigarrillo y lo enciende. Cruza la pierna, observa.
Podría compararse con un niño cazando mariposas, curioseando la mayor parte del tiempo. Hablando con las plantas, enviando luz al universo. Se siente cómodo sabiéndose diferente.
Siempre ha sido propenso a pensar de más, vivir en su mundo. Es de los que se detienen a observar la araña y su elegante caminar. Se maravilla al ver los temperamentales y hermosos colibríes. Su mente siempre camina, no se detiene, esto lo mantiene despierto, soñando, respirando.
El recuerdo flota, escapa, remolinea y se eleva con el humo gris. Tu padre siempre dice; tienes mucho que agradecer por las tres herencias que te otorgo; te hice alto en un país de chaparros, te hice guapo en un país de feos, te hice inteligente en un país de tontos.
Disfruta los primeros dos hechos. Odia la crudeza de lo real, no deja espacio a los matices.
Estos chinos no son tontos, la gente resulta agradable a la vista, su estructura ósea es balanceada, de constitución estética. La altura solo ayuda a ver más lejos, excepto cuando llueve, en ese caso, solo eres el primero en mojarse, si los lentes se empapan verás menos que nadie.  Replicaba sarcásticamente su mente.
Apaga el tabaco presionando fuertemente contra el cenicero la mesa frente a él. Saca el móvil, vence la espalda al respaldo. Toca la pantalla y escribe; ¿Te puedo preguntar algo María Luisa? ¿Alguna vez has destazado a una persona? Resaltado sus errores, sacado el color de sus ojos, la forma en que viste, arrancado sus secretos  y defectos, al punto en el que detienes súbitamente tu pensar y decides poner orden a tanta negatividad -presiona enviar-.
Un pequeño mensaje aparece en la pantalla, escribiendo…
Solo todo el tiempo ¿Cómo te tratan los chinitos? -contesta María Luisa-.
Por el momento todo bien, salí a caminar y me moje un poco, cambiaré mi ropa e intentaré dormir, el cambio de horario está haciendo de las suyas. No he comido pero en un rato más iré por una hamburguesa, -escribe velozmente Luigi y envía-.
Tras breve momento, aparece en la pantalla un nuevo mensaje. “Sécate bien antes de dormir, no vayas a querer estar enfermo en tu trabajo. Te llevan hasta allá para tenerte en la cama del hotel toda una semana ¡pues no!”
Ok, ok. Subo en este momento, me seco y dormiré, te mando un beso. Contesta Luigi. ¡Descansas! dice María Luisa.
Sigue las líneas negras del lustroso piso blanco, hasta llegar al elevador. Presiona el botón, chasquea la lengua. Presiona el botón un par de veces más. Las puertas se abren, sale un niño sujeto al dedo índice de su madre. No puede evitar enternecer su expresión al ver salir una gruesa lágrima del rasgado ojo y rodar en la mejilla del infante.
Sube al piso de su habitación, camina por el pasillo sin prisa. Mete la tarjeta a la cerradura eléctrica. Entra a la habitación se desnuda y extiende la ropa húmeda sobre el sillón reclinable en su alcoba. Se pasa una toalla por todo el cuerpo. Busca en su maleta, toma las prendas y las viste. Parado frente a un gran espejo, usa la secadora de cabello. Acerca el pequeño espejo de aumento, con un brazo neumático cromado fijo a la pared.
Los parpados agotados, se muestran, hinchados, amoratados. Te estas poniendo viejo, se dice a sí mismo. Esboza una sonrisa y camina a la cama. Un par de horas, nada más. Se dice mientras cierra los ojos.


Luigi

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un café en China

Al momento de despertar de su corta siesta, se siente bastante contento, cuestiona a qué hora llegarán los estragos de tan radical cambio de horario. Tras una corta ducha, toma su tiempo en elegir la ropa que llevará a la calle. ¿Viajar por trabajo me hace exitoso? No lo creo, se decía adoptando un rostro reflexivo. Pese a que no es la persona más productiva, el realmente se considera exitoso. ¿Qué es el éxito sino la realización de nuestros deseos? Es extender la felicidad progresivamente, vivir lo que se quiere, querer lo que se vive. Sobre todo, disfrutar el camino que te lleve a cualquier destino, sin importar llegues a tal lugar. Se dice mentalmente mientras pasa un delgado peine por el cabello húmedo.
            Lava sus dientes y se dirige a la cama, se sienta para ajustar el cordel de sus zapatos. Una última ojeada al espejo, toma gorro, guantes y bufanda. Listo. Sale de la habitación y se dirige al elevador. La imagen de una pareja oriental tomados del brazo se hace presente conforme las puertas del ascensor abren. Silencio incomodo que irrumpe pensamientos, -curiosa cosa el amor- cantonea una voz en su cabeza.
            La gran puerta giratoria lo recibe e invita a jugar, Luigi rechaza  desganadamente al cruzar el umbral.  Juan Luis Guerra sugiere un poco de cafeína a su oído. Endereza la espalda e imprime más energía en cada zancada.  
Después de unas cuantos pasos, tras un parque repleto de inmensos pinos, gira a la derecha. La llovizna vuelve tenue y rítmica. La humedad lo hace sentir cómodo. Repentinamente, como por arte de magia mil sombrillas se despliegan ante su vista, los rostros se cubren de nailon multicolor.
El ser humano y su ingenio, replica su mente, hemos creado techos que nos cubren de la lluvia en todo momento, incluso nos acompañan por las calles, ha convertido nuestra timidez envasando valentía en pequeños frascos etílicos y nuestra corta memoria en libros eternos, levantado ciudades en desiertos y llevado la sabiduría universal a la palma de tu mano.  
A lo lejos, dentro de un círculo verdusco y blancas letras, distingue a la sirena de dos colas que entrega a diario millones de litros, costosísimo líquido castaño lleno de energía.  ¿Será esta una de las tres tiendas que abre al día? Se pregunta mientras dirige su paso al establecimiento.
 Espera en la línea a que atiendan a los tres hombres de baja estatura frente él. Nota como una joven con auriculares sentada, le observa tímidamente al tomar café. Éste sonríe y avanza. Mira al mostrador y nota como un altísimo hombre de ojos rasgados se desliza grácilmente entre las licuadoras y la máquina de expreso, inusualmente veloz, hasta para esta cadena que se caracteriza por su rapidez. Avanza un paso, lee en la pared el menú, es como en casa, (no es la primera vez que agradece mentalmente al emporio por su fidelidad a los manuales y monotonía bautismal).  Avanza, se para frente a la caja, saca la cartera y ordena el más grande de sus vasos de café con un chorrito de leche fría, baja en grasa. hace efectiva su dorada tarjeta, el joven barista entrega su bebida. Cuidadosamente guarda la nota y sale del local.
Caminando a paso presuroso observa una gran tienda de costosos bolsos neoyorquinos, se detiene unos instantes para observar la plateada y obesa figura de un monumento, es como un luchador de sumo cayendo o flotando, el obeso flotante, concluye Luigi.
Una encrucijada detiene su paso, enormes avenidas se fusionan, caminar ahí sería un suicidio, piensa, unos segundos más tardes se percata, a su derecha, dos escaleras mecánicas inundadas de gente. Monta la ascendente a tropel, maravillado observa como esta lo lleva a un segundo piso peatonal, calles y bancas, todo flotando sobre el bullicio y descontrol automovilístico.
Decide sentarse en un parque colmado de deshojados cerezos, observa la escultura de un grupo de estudiantes o al menos eso le parece, uno monta su bicicleta mientras otros dos charlan. Obliga su respiración a ser mas profunda, en ese momento la llovizna se convierte en chubasco, respira profundo y decide regresar al hotel.
Cuando vaya por mi hamburguesa en un rato no debo olvidar mi sombrilla, piensa mientras sus ideas se humedecen.  

Luigi

martes, 11 de febrero de 2014

Desayuno en China

Un absoluto silencio lo invade, se nota exaltado, Juguetea un poco con los dedos del pie, mientras abre los ojos. Se levanta de la cama súbitamente, camina hacia la ventana, que abarca un muro de la habitación, desliza las cortinas y nota que la lluvia ha cesado. Un gris espeso predomina en el paisaje. De las nubes caen magnánimos edificios, lentamente baja la mirada y nota gran movimiento en las calles a sus pies. Imagina como las abejas buscan ansiosas el polen. 
Estira lo brazos intentando tocar el techo, da un gran bostezo y velozmente se pone ropa cómoda para bajar a desayunar al lobby.
            ¿En qué habitación se hospeda? –Pregunta la menuda mujer detrás del pódium recibidor, color cerezo- trescientos siete, contesta Luigi. La sigue hasta una mesa circular para dos, junto al ventanal. Deja su laptop en una silla y se pone los audífonos, conecta al teléfono celular. El piano avisa que Xavier Naidoo comenzará a cantar.
             Se acerca a la barra del bufet. Tararea la melodía, husmea un poco aquí y otro poco allá, tratando decidir cuál será su elección. Lamenta no encontrar chilaquiles, la mayoría de los platillos que ve, le sería más apetecible durante la comida. Sin prisa se acerca a un extremo de la barra y comienza a servir, mientras lee a media voz; salmón dulce, salchicha de maple, tocino, huevo cocido en vinagre, noddles. Un poco para probar de todo, se dice. Toma de otra barra una bebida que según explica el dibujo, tiene algo que ver con el intestino.
            Toma asiento y termina de escuchar las últimas notas del gutural canto. Su mente se remonta a unos años atrás, cuando él y sus amigos tomaron clases de alemán cantando. La ridícula escena del grupo repitiendo el complicado sonido mientras cantaban le provoco una sonrisa. Toma el teléfono, garabatea en él y aparece un minúsculo letrero que dice, el video llamado está siendo enlazado.
En pixeleado detalle muestra el rostro de su bronceada amiga caminando por una bohemia calle caribeña. ¡Mi amor! -Grita la entusiasmada mujer- Tras informales saludos. Melissa interrumpe y pregunta: ¿Listo para trabajar?  -¡Muero de miedo! Contesta mientras demuestra su frustración con una mueca. Ella le aconseja, no se vista con nada llamativo en su primer día de oficina, reglas de urbanidad decía, honra al anfitrión, pero no  sobrepases su vestir, podrían tomarlo como agresión, no conoces a tus compañeros de oficina, mañana será, solo, el primer día, ya habrá tiempo de que los encantes de alguna otra forma, no te presiones. Sé cordial y no tomes confianza muy pronto. Tras sus consejos, la sensual mujer se despide.  
Cierra los ojos, por un instante su rubio y lacio cabello llega al mentón, hace juego con su desgarbada ropa y la expresión de tranquilidad en su rostro. Recuerda el lugar, regresa a la preparatoria, momento en que sonreír es religión; Soplo en que absolutamente nada tiene importancia. Instante en que se sienta de piernas cruzadas sobre la banca de concreto frente al jardín, prende un cigarro. Observa cuan joven y ridículo se ve con aquel cigarrillo del diminuto camello entre sus dedos.  Respira profundo, inhala el humo llenando sus pulmones y abre los ojos. Observa su desayuno más tranquilo.
            La mesera se acerca cordialmente y ofrece café, asiente con un movimiento facial. Observa su plato nuevamente y decide pinchar con el tenedor una salchicha. El cambio de horario ha eliminado su hambre, sabe que debe comer algo, no tiene planeado probar bocado hasta entrada la tarde que vea a su jefe. Este pensamiento le recuerda, quedó de llamar para acordar hora.
            Toma el celular prestado y busca el nombre, saluda a su jefe y este le contesta con una voz casi incomprensible, se disculpa por que llegará más tarde, el catarro que lo acechaba el día anterior, tomó forma durante la noche. Luigi ofrece verse al día siguiente para ir a trabajar, hoy tomará un paseo y buscará algo más tarde para cenar, una hamburguesa o algo sencillo de ordenar.  
Toma el huevo cocido de su base y lo ve con desconfianza, el huevo rojizo tiene manchas oscuras, lo olisquea y rompe el cascaron, con cuidado quita hasta el último vestigio de dureza, nota que la clara resulta ser oscura, entintada. Corta el huevo y con ayuda del cuchillo, postra un poco de huevo con yema. El avinagrado sabor no es de su agrado, decide intentar con el noddle. Tras una breve lucha entre el tenedor y el fideo logra meterlo en su boca y decide que el sabor es bueno. Aunque insiste en que se le antoja más para comida.
            Tras probar el salmón y el resto de la comida en su plato, da un último sorbo a su café y destapa el pequeño bote del intestino impreso, sólo para darse cuenta que el sabor le es familiar. No es más que una versión china de ese líquido blanco con lactobacilos que venden en su país.
Se pone de pie agradece a la mesera sus finas atenciones y sale del restaurante, camina a través del lobbie y ve a un grupo de ocho ejecutivos orientales, todos serios, sin expresión. -¿Qué pensarán de mí? Me verán con el mismo interés cuando gesticulo excesivamente, ¿mi jefe pensará que ejercito demasiado mis músculos faciales? Se preguntaba Luigi-.
            Con la costumbre de presionar cómo mínimo cinco veces el botón de elevador, espera sonriente su llegada. Tomaré una siesta, me baño y saldré a caminar. La digestión y el Jet Lag están cerrando mis parpados, se dice mientras sube a la habitación.

Luigi

sábado, 8 de febrero de 2014

Jet Lag en China

Once de la noche, escasas horas en este país, relee la contra portada, gira el libro, nota como las letras rojas resaltan del lustroso fondo blanco –El Hombre Mediocre- un anciano se muestra en portada. No puede evitar sentir molestia hacia José Ingenieros, el autor echa en cara cosas de su vida que no le son agradables. Sutilmente lanza el libro sobre la maleta, se dispone a ver la televisión, la enciende y recrimina el hecho de no cargar con más literatura para este viaje. No tomó en cuenta las larguísimas horas de vuelo, mucho menos pensó en terminar recién llegara a su destino. Solo en su infancia gustó de la televisión, disfruta las películas y diversas series, pero detesta los comerciales. Pasados escasos minutos apaga la caja luminosa.
            Enciende el ordenador portátil para contactar algún amigo en las redes sociales, no ha sonado el último bip, que anuncia, el sistema ha cargado, cuando recuerda que en este país, sus amadas redes sociales no funcionan. Se pregunta si habrá forma de eludir la seguridad cibernética del país comunista. Tras varios intentos, desiste. Su pericia informática se reduce a teclear más rápido de lo que piensa. Curioso el hecho de que funcione igual al hablar.
            Juguetea y explora  los cajones del escritorio instalado en la habitación, se percata de la comodidad que proporciona la espaciosa silla café de falsa piel.  
            Dirige su andar al baño, abre la llave de la tina, observa como la blanca y espaciosa bañera alcanza un nivel suficiente de agua -es muy grande para mí-, piensa. Huele su axila solo para corroborar la urgente necesidad de un baño. Corrige la temperatura, su piel no soporta las altas temperaturas, siente el agua moverse entre sus dedos mientras certifica su tibieza. Se desprende del ropaje de viajero y recuesta el cuerpo dentro del agua.
            De todas las posibles emociones su mente elige sentirse abrumada; Al día siguiente no tiene actividad definida, salir a conocer, no es la primera vez que viaja, pero si es la única sin compañía. Se pilla a si mismo con un nudo en el estómago ¿triste? No, asustado, emocionado. Nota como el ceño empieza a presionar, saca del agua su mano derecha, toca su frente, siente las arrugas que inconscientemente aparecieron segundos atrás. Presiona con el dedo medio y pulgar las sienes. Reprocha su sentir e intenta nuevamente vaciar su mente.
            ¿Y si me pierdo? No conozco la ciudad, no entiendo el idioma, no entiendo las señales ni letras, poca gente habla mi idioma o inglés. Detiene súbitamente su pensar y recuerda que su jefe al dejarlo en el hotel le entregó un móvil. Se regala media sonrisa, cuestionando la paranoia.
            ¿Qué hora será en México? Debe ser cerca del mediodía, podría llamar a alguien. ¡Enserio! Grita una vocecilla al fondo de su cabeza, haciendo callar a las demás, venir tan lejos y no poder soltar la rutina. En un intento por dejar la absurda conversación mental, se recuerda, que siempre ha argumentado “los viajes exterior deben ser al interior”.
            Medita, medita, relájate y pon la mente en blanco…
            Algo de música podría ayudar. ¿Cómo será la música aquí? Apuesto a que es chillona. Preguntaré a alguien sobre ello -retoma conversación la vocecilla-. Con actitud enfadada, se pone de pie, extiende el brazo izquierdo para alcanzar una afelpada bata de baño que cuelga de la pared, sale medio húmedo y dando brinquitos hasta el buró junto a su cama, seca sus dedos enérgicamente contra la bata, desconecta el celular y comienza a buscar algo para relajarse.
            Una guitarra española se hace escuchar desde el pequeño teléfono inteligente. ¡Para meditar Luigi! Se dice en voz alta en tono sarcástico.  Adelanta, adelanta, adelanta. La percusión suena, cadente, fluida, casi arrítmica. Dudoso, decide cambiar el intro de la música árabe, elige algo más tranquilo.
El chelo suena, hace su melancólica entrada. Luigi sonríe y regresa a la tina. El violín  responde con prisa, pasado unos instantes, la guitarra interviene sutilmente. Chapotea un poco y se pregunta cómo Yanni logra esa evolución de sonidos. Su corazón se exalta al escuchar la velocidad de las cuerdas, se combina el arpa con timbales, algún otro instrumento que no logra identificar, la trompeta llega a poner orden para después dejar que el violín recupere el protagonismo. Puede imaginar la disputa entre los dos instrumentos para ser el más veloz, cada vez más y más rápido, formando un hermosísimo, ansioso y melodioso instante; Cuando sus cuerdas cansadas no pueden más, terminan rendidas al unísono y justo después de una milésima de profundo silencio la gente estalla en aplausos. Simplemente su mejor concierto, afirma audiblemente Luigi.
            Se alegra de haber recuperado la calma. No hay nada que temer, soy la persona más afortunada que conozco. Se dice mientras sus ojos se cierran cansados.
Qué pasaría si un día despertaras y te dieras cuenta que todo lo que has vivido fue un sueño, ¿Cómo te sentirías? ¿Habría melancolía? ¿Alivio? ¿Añorarías todos esos años? Tenía la sensación en el cuerpo, como si cayera. Su mente estaba ya en otra parte.
            Al despertar frotas tu cabeza –continua sugiriendo la voz en su cabeza-. Te percatas que el cabello es diferente, observas tus manos y su piel se muestra más joven. La boca te sabe a cenicero. Recostado, miras sobre tu hombro hacia el mueblecillo, una luz parpadeante en rojo te dice que es hora de despertar.
            Tratas de hacer memoria y te percatas que todos esos recuerdos alegres y tristes se comienzan a esfumar. Ese lejano amor que regaló incontables lágrimas y sonrisas, pierde su rostro en un segundo. -Un huracán se forma en su abdomen, generando vacío-. ¿Lo volverías a hacer? Estas herido como nunca ¿lo volverías a hacer? Claro que lo volverías a hacer. Pequeño y cursi Luigi, claro que lo volverías a hacer.
Los dedos de sus pies fueron los primeros en notar que la temperatura del agua disminuía, abrió sus somnolientos ojos y sonrió ampliamente. Se puso de pie, tomó una ducha mientras dejaba correr el agua. Regreso a su cama, tras poner la alarma apagó la música y se metió entre las cobijas con el celular en la mano.
Claro que lo harías Luigi, buenas noches. Se decía, mientras se sentía arrastrado por el sueño.


Luigi

miércoles, 5 de febrero de 2014

Día de compras en China

No existe mayor y más pintoresca tradición en China que la venta de artículos de dudosa procedencia. Luigi se sentía confiado sobre el cómo sería el desarrollo de su visita al mercado de chácharas, en Shanghái. Un Día antes, Jo y Kev, dos de sus compañeros en la oficina, ofrecieron acompañarlo de compras y ayudar con la traducción. Sin nada que temer, se adentra en la colosal estructura.
                Una gravísima nota femenina silenciaba todo en rededor, la cacofonía pugnaba en su mente, desconcertado no le era posible decidir si le resulta molesta o agradable. El tipo de sonido que se juzga y evita tener en la lista de reproducción. ¿Qué es esa música? Preguntó a Jo sarcásticamente, Ópera china, contestó la atractiva compañera, pasando desapercibida  la mueca irónica.
Tras unos pasos la impresión lo detiene un instante,  nunca en su vida vio tal cantidad de locales y cosas juntas. Es normal en su país el comercio informal, donde los changarros se enciman y el pescado se promociona junto a los discos de dos por cincuenta y cuatro por ochenta. En este mercado no se vende comida, únicamente productos chinos no perecederos, es decir, todo lo que su mente podría imaginar.
 Diversos sentimientos invaden su ser; emocionado por la infinidad de posibilidades frente a sus ojos, poderoso, por creer tener dinero suficiente para comprar todo lo deseado, feliz de no tener pareja en quien gastar, ansioso por comprar. Recordó los llaveros y encargos prometidos, y por terminó por sentirse frustrado y molesto, por no haber traído desde México una maleta más grande.
La calidez de aquel lugar se empieza a hacer manifiesta, retira bufanda, guantes y gorro. Se percata que el frío sigue en la punta de su nariz, toquetea la protuberancia del rostro y mira hacia un espejo colocado especialmente para que los clientes se decidan entre las miles opciones de los coloridos lentes. Su pupila dilata al sentir deseo por probarlos todos, tras una breve pausa, ignora su instinto y continua.
Un hermoso juego de té color barro llama su atención. Seguro su madre amaría algo así, la cree conocer bien. ¿Tal vez, sea mejor algo más pequeño? Algo transportable, además no es el tipo de cosas que su ocupada progenitora pueda o quiera usar más de 10 veces en la vida.  La caja en que viene es de madera color cobre y dentro recubierta de brillante satín que destaca las diminutas tazas, debe ser carísima, se decía, mientras inconscientemente, pregunta lo más claro posible,  por el precio  en inglés.
 No se da cuenta que está dando el primer paso a el submundo de Asia, que, con esa frase declara la guerra e iniciaba la primera de sus batallas, para ganar la estratagema del mejor y más justo precio.
Doscientos Yuanes mi amigo, ¿de dónde nos visitas? contestó el encargado  del pintoresco lugar. Sonriente, por el inesperado y asequible precio, se imaginó comprando un juego de té para sí también, contestó a la pregunta. En ese momento Jo interrumpe la plática y  dice al oído de Luigi, en un susurro apenas audible; deja que Kev haga el trato. Recordó la advertencia que su jefe hizo días atrás, “siempre regatea”.
Kev, el alegre joven de nerviosa sonrisa, se acerca al vendedor de  forma un tanto grosera, vocifera  palabras ininteligibles, casi chillonas, Luigi sonríe al recordar la cantante de ópera. Pasados unos segundos Jo continua susurrando a su oído. Kev dice que intenta robarte porque eres extranjero. El vendedor se molesta de inmediato. Kev eleva el tono, Jo sonríe y comenta, el hombre está pidiendo que des el precio que consideres justo. ¿Cualquier precio? Preguntó el foráneo confundido. Lo justo, contestó Jo. Dudoso, estimó ciento cincuenta Yuanes, Jo expuso la propuesta a kev, este último compartió un par de palabras más, se dio la vuelta victoriosamente sonriente y dijo a manera de secreto, son  ciento veinte Yuanes. Acto seguido, Kev se aleja para ver más de cerca un gato cerámico blanco que mueve la pata rítmicamente junto a su cabeza.
 Confundido, saca el dinero, paga y toma la bolsa que contiene el hermoso y cobrizo empaque,  se marcha con un sentimiento extraño, de culpa, de hurto ¿en realidad hizo algo malo? Pasaron solo unos segundos, para que Jo hablara de lo sucedido. Kev bajó la oferta a cien Yuanes, el vendedor contrapropuso ciento treinta y Kev a su vez, bajó de nuevo a ciento veinte. En todos los puestos será necesario regatear, explicó Jo; los vendedores son ladrones, malas personas, quieren abusar del pobre e indefenso extranjero y debemos acabar con sus ganancias por nuestro propio bien y salvación (en realidad no fue tan explícita, pero eso fue lo que entendió Luigi).
Su guerrero interno corre al closet y ahora viste un “Gung-fu saam” prenda de Kung fu y regateo en mercados de baratija.
Pasados unas cuantas compras, Luigi decide que es tiempo de defender su propia causa y pide a Kev, le dé oportunidad de hacer la transacción él sólo, así pues, nuestro valiente guerrero, se acerca a comprar una bocina, olvidando todos sus modales, simplemente se acerca y dice, ¿Cuánto? La coqueta y tímida tendera, responde con premura una cantidad por encima de los cuatrocientos Yuanes.
El gesticuloso joven hace una sobre actuada mueca de horror y contesta, ciento cincuenta, mientras modifica su expresión a una retadora. Jo lo mira, se acerca y dice en su español de marcado acento; mucho, no querrá.  La vendedora se muestra ofendida y contesta que es imposible, trecientos cincuenta es lo menos, a lo que Luigi contesta un tanto divertido, ciento sesenta. Tú me quieres robar, contestó la ofendida muchacha. Luigi sonríe y menciona de forma clara y desganada, ciento setenta, no lo necesito, si no puedes dar el precio que oferto, no hay ningún problema, dicho esto sonríe nuevamente y se retira.
Jo toma el brazo de Luigi mientras camina y comenta a manera de broma ¡te lo dije!... Dos segundos más tarde la Joven vendedora alcanza a los alegres  compradores y mientras expresa su descontento externa su última propuesta, doscientos Yuanes. Luigi únicamente contesta, como dije, no lo necesito, ciento setenta. Ciento setenta y cinco, respondió molesta. ¡Hecho! Jo no lograba contener la risa, mientras Kev abría la boca de asombro.
El tigre y el dragón se enfrentaron en repetidas ocasiones esa tarde. Las batallas por corbatas de quince Yuanes, palillos chinos para niño, y plumas del monte blanco alpino.
Cuando la mercancía empezaba a marcarse en las muñecas, por el pesado cargamento en bolsas plásticas multicolor. Luigi se preguntaba si ya había sido suficiente. Un misterioso vendedor, se acercó ofreciendo mercancía de calidad. Cuando Kev se acercaba a alejar al insistente vendedor, Luigi hizo un gesto para que este no fuera interrumpido.
De donde eres amigo, preguntó. México, dijo sonriente Luigi después de haber respondido cien veces en ese día la tediosa pregunta. Español, habla español, conozco español; decía el amable comerciante mientras sacaba un celular para mostrar una fotografía donde se muestra él junto a un famoso jugador de tenis español, cargando entre sus torneados brazos diversas, elegantes y costosas bolsas de mujer.
Si Nadal compra con él, no debe ser tan malo, pensó el inexperto comprador, sin tomar en cuenta que este famoso tenista gana millones de dólares al año. Decidió seguir al mercader que le ofrecía visitar su tienda en la planta superior.
Entra a una tienda tapizada de anteojos, espejos, aparadores y poca gente, muy poca gente. Una vez dentro de la tienda, miró a Luigi y dijo; tus amigos se quedan aquí. Como salido de alguna película, sigilosamente desliza una pared que sostenía al menos un ciento de lentes multicolor, sin entender nada, pero lleno de curiosidad, Luigi se acercó a la pared y comprendió que se trataba de un mecanismo perfectamente ensamblado al muro para disimular una puerta.
Adelante, alguna de nuestras muchachas lo atenderá…
Aún más confundido, entra al angosto pasillo y observa, no más de un metro de ancho era el espacio de aquel lugar secreto, 10 pasos cortos más adelante gira hacia la Derecha, y continua diez pasos más. Las paredes, aparador rescatado del sueño de cualquier mujer, bolsas de todas las marcas en todos los tonos y tamaños. Abarrotado de personas; distintas nacionalidades y credos, se escuchan voces en francés, alemán, italiano y algún otro idioma oriental, allá al fondo una voz española le arrancó una sonrisa -¡Joder, tío! Me siento como niña en dulcería- decía la entusiasmada dama al hombre que tomaba del brazo.  Le puedo ayudar en algo, intervino una menuda muchachita, sacándolo por sorpresa de sus pensamientos.
 Recobrando la postura de comprador experimentado, tratando de oler el miedo en su oponente, pregunta a la joven, ¿Tiene algo más, aparte de bolsas?
Claro, permítame un segundo.  Por lo pronto le dejo estos catálogos, por si ve algo que llame su atención. La joven dio una buena cantidad de revistas desgastadas por excesivo uso, con nombres conocidos y costosos en portada. Son los catálogos originales, eso es algo de lo que tenemos en existencia, concluyó la mujer en perfecto castellano, al marcharse.
Tras un par de minutos, regresó y dijo; habéis visto algo de su interés. En realidad no, contestó, mientras veía con lujuriosa mirada las manecillas montadas en el armazón plateado con extensible en caucho. Sólo por curiosidad, cual es el precio de este reloj. Mil Yuanes joven, Luigi repitió la rutina de regateo pero esta vez no veía que fuera a funcionar ya que solo lograba un precio mínimo de ochocientos.
Tenía que hacer algo para poner la balanza a su favor, así que blofear sería la estrategia, mire señorita tengo intención de comprar varios y no pienso perder mi tiempo, se está haciendo tarde, me podría abrir la puerta por favor. Los ojos de la pequeña oriental abrieron cual flor en primavera. ¿Varios, dice? Así es, mínimo diez.   Su cabeza no entendía que estaba pasando, hablaba por hablar cuando en realidad quería salir corriendo de ese lugar.
Alguien llegó y extendió su mano para ofrecer unos rollos plásticos que al desplegar resultaron ser relojes, brillantes y seductores, relojes.
De inmediato identificó el anhelado mecanismo de tiempo de entre los demás e intenta ser fuerte. Al ver que no da su brazo a torcer, la vendedora le dice enigmáticamente. Venga, acompáñeme. Lo llevó por el pasillo hasta el final, tras mirar en toda dirección empuja el anaquel frente al cual se encentran parados. Justo cuando se sentía James Bond, se dio cuenta que no había llegado al tope de la clandestinidad.  
Un estrechísimo pasillo se extendió hacia su derecha y tras él, solo escuchó, lo dejo aquí sólo para que vea nuestra extensa variedad, escoja y platicamos en unos minutos. Dicho esto, cerró tras de sí el falso panel.
Impecables réplicas de ilusión y prestigio, sentimientos encontrados invadían su ser.  De inmediato vio los perfectos regalos para sus hermanas y madre. Si lograra conseguir un buen precio podría llevar también otros dos para él. Revisó su cartera y contó mentalmente el triste rastro de abundancia que quedaba restante. Tras unos minutos, entra la joven nuevamente con la misma cautela.
¿Qué decidió joven, cuáles llevará?
Cuanto por estos cinco, contestó. Cuatro mil ochocientos Yuanes. Pero, es mucho dinero, rebatió Luigi ofendido. Usted dijo que compraría el doble de producto, no puedo mejorar el precio. Pues solo traigo mil ochocientos, que pienso gastar en mis últimos cinco regalos, así que por favor, permítame salir. Internamente deseaba que no aceptara la oferta, la avaricia cegaba su juicio. ¡Hecho! contestó la mujer.
Finalmente logró salir de ese intimidante lugar para reencontrarse con sus amigos. Luigi orgulloso de su gran compra, temblaba un poco por la emoción de la pugna. Sin saber, que unos meses más tarde, lo único que no se rompería  y seguiría siendo útil, de todo lo comprado, fueran aquellas corbatas tan baratas y el juego de té sigue inmaculadamente nuevo en su caja, dentro de algún cajón. Lo barato sale caro, pero viene disfrazado con atuendo de victoria.

Luigi 



lunes, 3 de febrero de 2014

Cena en China

Hace algunos años tuve la hermosa oportunidad de viajar a Shanghái….
Ahí felizmente entre los veintitrés millones diecinueve mil ciento cuarenta y ocho habitantes de esa ciudad, un friolento Luigi se abre paso con bastante decisión y bastante más hambre, Gotye se cuelga en su oído y le susurra –Now  You are Just Somebody That i Use to Know- él, ofrece una media sonrisa en respuesta, tras una breve pausa para admirar un deshojado Sakura y recordar que en su país ese árbol lleva por nombre Flor de Cerezo, desvía su mirada a imponente  edificio, recupera el aliento y su andar, más que caminar, flotar.
 No hay mejor forma de sentirse pequeño e insignificante, como una ciudad de ese tamaño. Piernas de pétreos colosos intentando aplastar, mientras un río de gente te hala sin control, ni dirección; frío inclemente que no perdona su pálida piel, la llovizna que empapa el vidrio de los anteojos que le permiten ver. Haciendo un esfuerzo por recobrar la seguridad cambia el ritmo en su oído y selecciona algo más alegre.
Un pensamiento se cuela en su mente, toquetea todos los bolsillos de la abrigadora vestimenta, para asegurar trae consigo los dólares americanos que compró previamente en Guadalajara, encontrándolos en su bolsillo derecho. Por más que buscó, simplemente no había un lugar donde comprar Yuanes Chinos, así que, a falta de  divisa local, se encontraba bien armado de billetes verdes.
 Como su fluido mandarín se reduce a tres palabras y su prolongado ayuno comenzaba a tornarse doloroso, como para entretener la orden con un mesero,  decide ir a la más famosa e internacional cadena de hamburguesas. Después de escasas dos cuadras caminadas desde la partida de su hotel, alcanzaba a divisar, allá, entre los millones de incomprensibles anuncios, luces y cabezas azabache, a lo lejos, una “M” tan grande, ficticia y amarilla, la muchedumbre acercándose, circulando, más personas de las que su ojo pueda contar. 
Entra al colorido lugar y se detiene ante una hilera interminable de gente, cambia la música. Carlos Gardel le recuerda que su postura es de nuevo encorvada, se incorpora. Nota que su entorno es ruidoso y sonriente. ¿Será acaso que sus hamburguesas son tan buenas? Perdido entre las ideas sin sentido termina por percatarse que,  sorpresivamente la fila es más veloz de lo esperada. Para cuando había practicado tres veces en su mente, el más elaborado y mejor pronunciado saludo, ya alcanzaba a divisar las luminosas y bien fotografiadas hamburguesas.  
Una vez en mostrador un amable pero poco expresivo individuo de ojos rasgados se dirige a él en palabras incomprensibles para su oído latino, Luigi contesta con un sonido temeroso, más que una palabra, suena a un esbozo de siseo "nǐ hǎo" se escucha, e inclina cortésmente la cabeza. El individuo que porta la visera roja con la gran letra amarilla, al percatarse que la comunicación verbal no  será el medio para desarrollar esa interacción, sin contestar palabra, toma velozmente un pequeño menú adherido a una tabla y lo postra frente a la cara del confundido comprador.

Más, por evitar hacer explícita su inseguridad, que por antojo, señala el primer paquete que ve en la tablilla colmada de imágenes. Un paquete que incluye abundante ración de papas a la francesa y un refresco de  dieta, por aquello de mantener la línea, resulta ser su elección.

El vendedor hace un ruido que el interlocutor interpreta como el precio final de su compra.

Seguro de sí, mete la mano al bolsillo y saca de ahí un billete de diez dólares, cantidad que considera suficiente para cubrir, sus ya tan deseados alimentos.

“! No dólar! ¡No dólar!" Contesta el vendedor, agitando las manos y mostrándose ahora un poco inquieto. El experimentado viajero saca velozmente su plástico efectivo universal, sosteniendo entre el dedo índice y el medio, mostrando un bosquejo de insegura sonrisa. "¡No card! ¡No card! Rechazó efusivamente el ansioso oriental.

Confundido y hambriento, el protagonista de esta historia sale del establecimiento, esperando tener más suerte en cualquier otro lugar.

Después de tres horas caminando, la mayor parte de los establecimientos cerrados en la avenida principal del centro económico en esta gran ciudad, una anemia latente y la moral deshecha. Decide que es hora de regresar al lujoso hotel donde se hospedaba.

Unos cuantos pasos antes de entrar a los terrenos de su destino, un joven de aproximadamente 20 años se acerca a él, ofreciendo en inglés fluido, todo lo que un turista podría desear en aquel extraño y exótico país, desde electrodomésticos, baratijas, estupefacientes y otro tipo de entretenimientos más carnales, contando con previo conocimiento de estas personas y su manera de tratar a los extranjeros, Luigi de cara triste y derrotada, lo mira con la vista perdida y pregunta ¿sabes en donde podría encontrar algo de comer? donde pueda pagar con tarjeta o dólares americanos? A lo que el joven responde, todo menos comida amigo, pero si tal es tu hambre podrías visitar aquel establecimiento de la gran letra amarilla. A lo que Luigi contestó, con tono de enfado y juzgando la habilidad mental del susodicho,  su triste historia. El con una sonrisa amistosa en la cara contesta, si tal es el problema, en la recepción de tu hotel puedes cambiar cualquier moneda a la nuestra. 

Sintiéndose un poco idiota y tratando de abrazar humorísticamente su primera experiencia solitaria en China, se despide del amable contrabandista y dirige directamente a recepción.
Disculpe señorita, la podría molestar con el menú del servicio a la habitación, comentó el sonriente joven. Lo siento mucho señor, contestó la afable mujer, la cocina ya cerró, solo hay dumblings de aperitivo.


Luigi