miércoles, 2 de abril de 2014

ERIKA

Llevaba ya un tiempo considerable estudiando piano, siempre constante, podría decirse que era ya una experta,  nunca faltó a una sola clase, los dedos eran cada vez más ligeros y veloces; sus ojos leían las partituras tan fácilmente como su novela antes de dormir.
            Solía exigirse mucho para algún día llegar a ser la mejor. Su aspiración apuntaba hacia lo creativo y era justo ahí donde se le presentaba el problema, parecía ser que cada que Erika quería escribir música propia, su mente quedaba en blanco y no había forma que escribiera nada. A lo mucho, algún esbozo de dibujo.
            Una mañana de invierno sentarse y esperar a que la inspiración aflorara. Cuatro horas duró ahí sentada, dividiendo su tiempo entre el banquito del piano que adornaba su sala y la silla del escritorio que daba a la ventana.
            Pasado este tiempo y crecida su frustración tomó su cuaderno pautado y lo lanzó contra la pared al otro extremo de la habitación, mientras gritaba:

Admirable talento el de mi persona,
Seguro soy pariente del perico.
Cuando repito todo se acciona
Pero por más que quiero nada fabrico.

            La libreta rebotó con el muro, mostrando sus hojas, giró en el aire y de alguna forma cayó abierto junto a la mesa del comedor. Se acercó molesta y refunfuñando sobre su falta de cordura. Al agacharse por el cuadernillo, esquivó el borde de la mesa para evitar un golpazo, pero diferente fue su suerte al alejarse de ésta.
            Un aullido de dolor inundó la habitación, que al final la hizo caer tras tremendo golpe en la nuca. Sintió como un cálido liquido recorría su cráneo en dirección a su nariz postrada sobre el cuaderno, vio una delgada y rojiza línea escurrir la hoja.
            Cerró sus ojos, tomó un fuerte respiro y sin mover otro músculo volvió a abrirlos. Pudo ver como la sangre empezaba a dibujar algo que de principio no reconocía. El suave recorrido circular cambió en pendiente y tras una leve curva volvió para terminar de formar una perfecta Clave de Sol.
            Tras un instante sus ojos se enrojecieron y sintió como el cuerpo se integraba a la página de papel, no hubo ningún malestar, por el contrario un aire de paz inundaba sus sentidos.

            Un parpadear después se encontró recostada sobre cinco listones gruesos y negros, tan suaves y resistentes como la seda. Supo de inmediato que no caería ya que estaban unidos de alguna forma. Pasados unos instantes, cuando por fin convenció a su cuerpo que era tiempo, tras irresolutos intentos logró incorporarse.
            Fue ahí donde por fin notó que no estaba sola, una señora, más grande que la que haya visto jamás, observaba atenta, sentada sobre un sillón tinto que, muy a duras penas, se mantenía sobre los listones que soportaban el peso, empezaba muy angosto e iba creciendo para sostener el cuerpo de la curveada figura.
            La elegante mujer del vestido escarlata solo giraba su cabeza como tratando de entender que le pasaba a la atolondrada muchacha frente a ella. Vacilante, preguntó – ¿sabes caminar?
            Erika sacudió su ropa y dijo – ¡Claro!- con una leve mueca de molestia. -Que haces chiquilla en estos terrenos, si siempre nos ves desde tan alto en los cielos-.
            La joven sentía que el preocupar de la señora era más un manifiesto de actitud burlona. Ignoró por un instante sus modales y decidió enfocarse a su equilibrio. No entendía como estos listones podían sostener el enorme peso de la robusta mujer, a sí misma la hacía sentir inestable. Era como tratar de mantener equilibrio sobre una tela, tensa, suspendida en el aire.
            Un momento -replicó la joven- a que se refiere con que los veo. A usted no la conozco y honestamente no sé dónde estoy. Me golpee muy fuerte y creo que estoy soñando. De ser así, supongo que usted es la Clave de Sol.
            - ¡Me llamo Soledad!, no seas igualada, Sol me llaman mis cercanos. Veremos quién eres y si ganas el llamarme así. Y que te quede claro –continuó la ensalzada mujer- sólo si llegamos a ser amigas te podría dar la clave.-
            Erika no entendía muy bien que estaba pasando pero debió de divertirle la situación ya que se sentó y conversó con la mujer. Conversó por horas y horas.
            Hablaron de historia y de autores, libros cuentos y flores. Resultó que tenían más en común que nadie que, alguna de ellas, hayan conocido.
            Soledad sabía mucho, le enseñó de compases e interpretación, sintonía, sinfonía y armonización. Aconsejaba y no regañaba, siempre de manera sarcástica le explicaba.
            -¿Tamaño? Que absurda sois, pequeña. El sonido fluye sin espacio, simplemente cubre sin ocupar, se conforma de silencios y momentos, la inspiración no fluirá si insistes en escuchar, cuando ignoras lo que hace hermosa la melodía: esos silencios que llegan en el justo momento, dando matices al sonido, cincelando el espacio, fusionando todo.-
            -Cómo escribir notas de amor si la inspiración es molestia, es como escribir sobre felicidad mientras alguien te está pellizcando.-
            Al decir estas palabras Erika instintivamente sujetó su bicep y se dio un fuerte apretón en la piel.
            Volteó a ver su brazo y en ese instante estaba de vuelta sentada sobre el banquito de su piano, tocando instintivamente una melodía jamás escuchada, tocó y tocó la pianista liberó su alma a través de los dedos.
            Lloró por su terquedad y lloró por su empeño. Sonrió y siguió tocando, recordando aquel momento de loco desenfreno el golpe y su amiga. Sin darse cuenta con cada paso que dio fue marcando el compás de una nueva nota. La música es como las letras que lee en sus cuentos por primera vez, van tomando forma al vivirlas.





viernes, 7 de marzo de 2014

Dieguito

Hacía un verano bastante lluvioso, el pequeño niño de seis años asomó la cabeza a través del umbral, miró a su tío en actitud vacilante y dijo –Tío puedo ¿platicar contigo?-. Claro Diego, dame un segundo y te alcanzo en la sala, ya sabes que no me gusta que haya niños en mi laboratorio –contestó el científico de cabello enmarañado-.
            Pasados unos minutos el joven científico llegó al lugar acordado con una taza de café y un jugo. –es de naranja, espero te guste- a lo que el niño asintió con la cabeza ¿Qué pasa Diego? Preguntó el joven.
            Indeciso, movía inquietamente las piernitas y jugaba con los dedos pulgares, en su cara se podía ver que algo realmente le molestaba.
            -Tengo miedo tío, no sé cómo describirlo. Todos los días a las ocho de la noche mi mamá me dice que ya es hora de acostarme, me voy a mi cama, a veces muy cansado, justo cuando creo que ya estoy a punto de dormir, algo pasa, mi mente me empieza a jugar bromas.-
            -Hace un año, cuando me invadían los miedos, llamaba a mi mamá y me ponía una pequeña lámpara que los espantaba, pero ahora dice que ya soy niño grande y tengo que aprender.-
            Dieguito respiró profundamente, como si hubiera soltado un gran peso que lo estuviera aplastando.
            El Joven sonrió compasivamente a su sobrino y preguntó -¿crees que ya es tiempo de ser grande Dieguito?- Diego abrió sus grandes y redondos ojos, miró a su tío y simplemente alzó los hombros indicando confusión.
            -Todos los niños de mi escuela son valientes, no temen a la oscuridad, no miran bajo sus camas intentando encontrar algún monstruo. ¿Por qué soy el único?-
            Esta vez la sonrisa del joven científico fue más obvia e indulgente.
            No lo eres, intervino el científico –en realidad, esto que me platicas, no son más que indicios de que estás creciendo y madurando-.
            El niño se incorporó e hizo una mueca de molestia.
            -¡crecer y madurar! Si le platicara a alguien de mi escuela o a mis primos que miro bajo mi cama se reirían de mí y me dirían llorón.-
            El tío se quitó la bata del laboratorio lentamente, dejando ver su camisa de estampado con patitos de hule amarillos. –Dame unos minutos para explicarte y me terminarás dando la razón.-
            -Si lo platicaras con algún niño de tu edad y este fuera realmente honesto te diría que está pasando por una situación similar. Tal vez por temor a que te burles de él lo oculte, pero estoy seguro que muchísimos niños padecen de lo mismo.-
            -¿Cómo lo sé? Por qué es simple evolución-.
            -Al principio, cuando eras solo un bebe temías estar lejos de mi hermana, tu madre, eso, era la historia de la humanidad diciendo que no eras capaz de alimentarte o valerte por ti mismo, que necesitabas de tus padres, de la gente que reconoces, para que te proveyera de todo aquello que pudieras necesitar.-
            Diego formó una mueca en su cara, como no dando crédito a lo que escuchaba.
            -En este momento esos genes que lograron hacer que tu sangre esté presente hoy, te están indicando que tu madre no estará junto a ti todo el tiempo y que es necesario empieces a cuidar de ti.-
            -Obviamente no tienes fotografías en tu mente que muestren todos aquellos peligros que en realidad existen, así que brillantemente la evolución te ha dotado de un miedo a “algo” que tu mente ha designado como “monstruos” y estos viven en la oscuridad o recovecos como tu closet o debajo de la cama.-
            -Anteriormente vivíamos en cuevas, árboles o donde nos fuera posible. Debíamos temer a los animales. Mirar bajo las ramas, detrás de las piedras. Tu cuerpo te obliga a estar alerta antes de dormir, te pide que voltees a todos lados, para cerciorarte que dormirás en un lugar seguro, antes de desconectar la mente para descansar.-
            Dieguito rascó su cabeza intentando organizar la información que se le estaba dando.
            Es decir que ¿siempre viviré con estos miedos? –Preguntó el pequeño-.
            -No, no. Eso quiere decir que eres un niño saludable y estás creciendo a buen ritmo. Cuando tu mente haga consiente que vives en una casa, donde no entran entes extraños, te irás tranquilizando y habituando a la oscuridad.-
            -Estos miedos irán evolucionando, haciéndose más específicos. Te darás cuenta que no hay que temer a lo que tienes en tu mente, sino, a lo que habita el mundo, lo que realmente te puede provocar un dolor físico, golpes, cortadas, animales que no sean normales para ti e identifiques como potencialmente peligrosos, etc.-
            -Finalmente, cuando llegues a la adolescencia, habrás identificado mejor estos peligros e intentarás alejarte poco a poco de tus padres, harás un mayor esfuerzo por formar tu propio círculo. –
            Diego abrió la boca y esbozó un casi inaudible, -¡ah!-.
            -Nuevamente la evolución avisándote que físicamente estás casi listo, que empieces a preparar tu vida. Tu cuerpo  se hará más fuerte y te pedirá que te acerques a la sociedad donde vives, demuestres tus fortalezas (a veces de formas tontas) y te integres cabalmente a ella, aportando tu esencia a este grupo.-
            -Haciendo más fuerte tu sociedad y pasando esa información a  los que serán tus hijos.-
            -Así que dieguito, no tienes nada de qué avergonzarte, tu vida apenas comienza y eso que hoy te preocupa, el día de mañana solo será algo que te provoque sonrisas.-
            El niño dio las gracias a su tío y se fue corriendo con su madre, quien cargaba un niño en sus brazos. La abrazó y prendió su video juego.
            Ese día, cuando se fue a acostar Dieguito no temía, solo sonreía.


Luigi.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Ricardito

Abuelo, como supiste que mi Abue sería la dueña de tus quincenas, preguntó el alto muchacho en el smoking  que hojeaba la revista sentado en el equipal junto a la cama del anciano. 
            Aunque con mirada cansada, el señor de grandes orejas y mentón pronunciado, emanaba un aire de vitalidad y juventud. Se le veía de una pieza, siempre sonriente y dicharachero. En su juventud, afamado maratonista, galán indomable y querido como el que más.
            Eso fue sencillo Ricardito, intervino el viejito, -no hubo necesidad de tomar decisión alguna, cuando lo pensé ya tenía una vida amándola-.
            -Nos conocimos cuando nuestros poros emanaban juventud. Su ondulado cabello se le venía al rostro todo el tiempo. Podía ver ese rizo recorrer aquella rosada mejilla por horas en cuestión de segundos.-
            El joven Enderezó la postura e inclinando el rostro para mirar mejor a su abuelo, dijo: ¿Crees que te faltó tiempo?
            El anciano rascó su cabeza y recorrió su espalda hasta la cabecera. –Creo que esa pregunta no es tan sencilla. Viví cien vidas con tu abuela, en treinta y cinco años, ni viviendo otras cien más sería suficiente de ella. Cuando uno ama crece, si se ama siempre, siempre habrá espacio para ser más feliz y si se hace inteligentemente aún en el recuerdo se mantiene esa felicidad hasta el final de los días. De tal forma que creo, mi tiempo sigue siendo y será recortado pero justo-.
            -Abuelo, tengo días dando vueltas a un asunto, me gustaría conocer tu más sincera y cruda opinión sobre algo: Sabes que tengo un par de meses saliendo con Georgina. Bueno, pues ella es la que me trae de un ala-.
            El anciano abrió sus ojos más de lo usual, su rostro se tornó rosado y era fácil percibir que se le escapaba una sonrisilla burlona.
            Se paró súbitamente, y recargó la mano derecha sobre la madera tallada al pie de la cama -no te burles abuelo, farfulló el muchacho.
            -Siento que no es suficiente el tiempo que estoy con ella,  podemos pasar horas juntos y simplemente quiero más. Quiero hacerle entender que no pretendo seguir buscando, encontré a la persona con quien quiero pasar mis días. Pero tengo 29 y creo me faltan algunas fiestas y uno que otro viaje por realizar antes de pensar en un compromiso de ese tamaño.-
            Oh mi nieto que tonto eres, masculló el anciano. -¿tú crees que alguien, que no sea el que refleja su imagen en el espejo, puede contestar eso?-
            El hombre de la blanca cabellera giró su cuerpo y sin mayor problema incorporó su delgado cuerpo, mostrando el recuerdo de sus, alguna vez, trabajados bíceps. Levantó el brazo y señalándolo dijo, solo tú decides si es hora, lo mejor es no involucrar ajenos.
            -todos te hablarán de cómo les fue en la feria y eso solo te nublará más. Unos dirán que es tiempo, que sigas a tu corazón; Otros a tu juventud, al momento.
            -Lo único que yo te puedo aconsejar es que te desaconsejes-.
            -Visualiza tu vida, lo que más te importa, lleva esa idea a un paseo por el parque: estresado, sales de casa a buscar cansancio, quemar esa energía excesiva que eriza las entrañas. El día esta soleado pero el aire y la sombra dan un toque fresco.  El tiempo es tuyo y no sientes presión alguna ya, aceleras tu paso.-
            -Trotas un par de vueltas, te sientes agotado pero decides seguir un poco más, nunca habías llegado tan lejos a lo mejor es que no hay competencia. Tú decides si das varias vueltas más o solo una, correr o caminar, tomar un respiro, no importa eso, solo tú y tu cuerpo sabrán cuando descansar, decidirán en qué momento se debe llegar a casa tomar, una larga ducha, sentir tu cuerpo lleno de vida al secarte, caminar a la cama y abrazar tu almohada, tu vida, tu pareja.-
            Toc, toc, toc, sonó la puerta y una voz femenina grave se escuchó a través de la puerta. –Ricardo, ya es hora.-
            Pasa abuela, dijo el joven.
            ¿Qué haces muchacho? ¡Tú prometida te espera! Decía la anciana mientras acomodaba su elaborado peinado. -¡Me recuerdas a tu abuelo, en las nubes todo el tiempo!- Continuó la anciana mientras se alejaba de la puerta en dirección a las escaleras.

Fin.


martes, 4 de marzo de 2014

Lady Leticia y la Doncella Irene


Hace muchos, muchos años, en la extensa planicie, pasando los verdes bosques, los anchos ríos y la abundante agua del reino mágico, en el castillo de los libros, existió una joven pareja; Sir Edward el Bondadoso y Hermenegilda la Bella. Producto de este amor nació Lady Leticia, una hermosa y alegre niñita.
                Un tiempo después, el día de su décimo tercer aniversario, Lady Leticia tuvo su primer fiesta de cumpleaños con todo el reino, hubo festejos previos, pero este era único, por incluir a todos los integrantes de su amada tierra.
                Al terminar la fiesta con gran pastel, lechones de manzana en boca y confites, Los padres de Leticia acompañaron a su dulce niña hasta el umbral de su alcoba, contemplando a su sonriente hija mientras se dormía, iluminada por la gran luna plateada.
                Al salir de la habitación, la niña, como hipnotizada, giró su cuerpo, se sentó al borde de la cama en dirección al refulgente satélite.
                Mientras sus párpados cerrados, temblaban, como si estuviera soñando, un viento repentino invadió la habitación;  su negro y largo cabello revoloteó grácilmente. Tras un largo suspiro, la luz lunar, que iluminaba su cuerpo, se fue cerrando cada vez más y más, el pequeño y circular halo de luz relució únicamente en su frente. Un suspiro más, abrió los ojos y sintió una leve quemazón en el cuello tras la oreja izquierda.
                Caminó hacia el gran espejo junto al vestidor. Notó que todo en derredor emanaba un dulce olor a jazmín.  Confundida y un poco asustada llamó a su madre. Al encontrarse sus padres tan cerca, entraron en la habitación casi al instante.
                Encontraron a su pequeña hija mirando su cuello, turbada. – ¡Madre, padre, que es esto! revisaba la pequeña marca lunar de su piel en el espejo. Se acercó su madre y tomó suavemente su cabello.
                La Madre Luna te ha ungido con la dote ¡te ha escogido!, -dijo la madre en emocionados sollozos-, giró para mirar a su marido y continuó –tiene la marca menguante, ¡la tiene!-.
                La extrañada muchacha miró a su padre buscando alguna respuesta más certera. –Madre Luna quiere que sepas que confía en ti- intervino el progenitor.
                -¿Confía? ¿A qué te refieres padre?- dijo la niña mostrando su confusión subiendo de tono su pálido rostro. 
                -Madre Luna busca en cada reino a la niña con mayor inteligencia y aptitudes. Estas niñas son quienes procuran los ciclos en su tierra. Tu humor será su clima. Tu llanto nuestras lluvias, tu felicidad las primaveras; Los caprichos, huracanes.-
                La niña soltó en llanto, no soportaba la idea de reflejar su infantil cordura sobre toda su gente. – ¿por qué Madre Luna haría tal cosa? ¿No sabe que solo soy una niña? mi vida apenas comienza ¡Soy tonta e inexperta!-.
                -muy por el contrario pequeña- dijo la madre, -ha visto en ti gran inteligencia, no juzgues sus decisiones ya que solo ella sabe el motivo de las mismas.-
                Inconsolable y envuelta en lamentos, la niña regresó a su cama cayendo en un profundo sueño de dragones, brujas y persecución.  
                Fue al despertar cuando notó que  su madre la esperaba junto a la cama y esta le informó que los fuertes vientos y la torrencial lluvia había traído gran desgracia a su reino. Al escuchar esto Lady Leticia se vio sumida en una gran tristeza y pudo ver a través de la ventana como las nubes se tornaban más y más oscuras.
                -Leticia, mi pequeña Leticia, existe alguien que pasa por tu situación su nombre es Irene, vive en el bosque de los sátiros- dijo su dulce madre.
                -Los sátiros son peligrosos madre, no me atrevería ir ahí sin escolta.- interpuso la pequeña, -son violentos y entre sus juegos arriesgan la vida de quien cruza sus territorios ¿Qué haría una pequeña como yo ahí?-
                -Recuerda quien eres, pequeña, nadie se atrevería a herir a quien domina los vientos. Tu poder se extiende al reino, pero afecta el entorno en donde estés. Anda hija, ve y visita a Irene.-
                Así pues la niña montó su negro corcel y diestra en su montura, salió a trote, conforme el galope aumentaba las nubes y su espíritu comenzaban a clarear. Cabalgar, desde que aprendió a hacerlo la tranquilizaba. Siguió su camino hasta bordear la tupida frondosidad. Su caballo reparó, se sentía intimidado frente al gran muro de altos pinos.
                La joven bajó del corcel con insólita habilidad y pudo sentir incontables miradas postrándose sobre la piel. Acercó sus sigilosos pasos hacia el obscuro paraje.  
                -Soy Lady Leticia, ungida y señalada con la marca menguante, no se atreváis a impedir mi vía, aquel que ayude en mi camino se verá recompensado. Me dirijo hacia el hogar de la doncella llamada Irene.-
                Un tímido sátiro asomó sus cuernecillos. -Buen día Lady, la esperábamos, por favor sígame- Leticia, con fingido valor ató su corcel y se adentró en el bosque sin decir palabra alguna.
                Siguió caminando por el bosque, adentrándose cada vez más.
                Después de un considerable tiempo en silencio, la joven decidió conversar con el pequeñín. -¿Cuál es tu nombre? –Pietro-, contestó la velluda creatura, -ya no falta mucho por llegar, es aquel  gigantesco pino-.
                Más tarde se encontraban frente al inmenso árbol. Leticia se acercó al sátiro y le dio un tierno beso.- si hay forma en que pueda agradecer tu amabilidad, solo menciónala- de ninguna forma, interrumpió Pietro, el haberla conocido es mayor paga que cualquier material existente.
                En dos saltitos el sátiro se ocultó entre el verde follaje. Lady Leticia se aproximó al árbol, toco su rugoso tronco y llamó en voz alta a Irene, quien la sorprendió con un cortés saludo en su espalda.
                -Buen día dulce doncella, mi madre me ha contado que sufres del mismo mal que me acongoja. Eso me ha traído hasta aquí, es de vital importancia que me ayudes a deshacer este embrujo.- dijo presurosamente Leticia.
                -¿Embrujo? ¿Deshacer? ¡Oh mi dulce niña! esto no es hechizo o algo reversible, será tu vida y camino. Tu motivo para seguir y algún día se convertirá en tu mayor dicha. Es cierto que habrá días en que desates huracanes, momentos en que tus rabietas inunden valles y provoquen ventiscas. Eso es vivir, eso es sentir.-
                -Pero Irene, no me interesa cargar con tal responsabilidad, acaso no hay forma de detener esta maldición, sólo soy una niña que no puede cargar con su pesado morral.- intervino Leticia inundando sus ojos de lágrimas y obligándose a mantener la calma para no provocar algún inconveniente.
                -Madre Luna es sabia, y conoce tus aptitudes, tu presente, lo que fue y será. Sólo recuerda, La inteligencia no viene con sabiduría. La sabiduría habla de conciencia, de espíritu, de acción. Sin sabiduría solo eres un gran cajón que guarda conocimiento. Sabiduría es práctica.-
                -El astro Madre, no tiene interés en destruir tu existencia llenándote de responsabilidad, lo que has recibido es una bendición, te acompañara hasta el final de tus días. El ciclo vital se conforma de días soleados y generosas lluvias. Usa a favor de tu gente toda tu habilidad, los días de molestia abona de negrura los cultivos. ¿Qué ves a tu alrededor?
                El bosque, -contestó la recién ungida-.
                -Lo que ves a tu alrededor no es el bosque, son sólo unos cuantos árboles. Llegará el día en que creas y digas ¡Yo soy el bosque! En eso estarás equivocada, llevarás tanto tiempo viendo crecer todo a tu alrededor que llegará el punto en que los árboles te impidan ver el bosque. El bosque es todo lo que lo conforma, no sólo quien nació con la habilidad de modificarlo.
                Dicho lo anterior, Irene desapareció para nunca más ser vista por los ojos de Leticia.

                Entendió claramente que podría pasar su vida ahogando a su gente y a sí misma, correr y tratar de escapar de su destino o caminar admirando el paisaje, reconociendo el suelo donde pisa y embelleciendo su entorno, generando vida, siendo vida. 

viernes, 21 de febrero de 2014

El Hada y el Miñip

El Hada y el Miñip
                El hada volaba alegremente por el campo. De vez en cuando se paraba sobre alguna hoja y surfeaba por el rio. Siempre saludando a cuanto animal o criatura mágica encontraba a su paso. Marisa es una hadita muy social, afectuosa y sonriente. En todo el valle no ha existido alguien tan popular como ella. 
                En muchas ocasiones rechazo la oferta de realizar las labores que toda hada de prestigio y alta alcurnia hubiese deseado, a ella le aburrían los oficios como: el cambio de estación, soplar las hojas en otoño o mantener el equilibrio de humedad en el aire.
                Su verdadera pasión era dar color, sentir los cambios,  pintar los matices, dibujar las texturas y esculpir con sus pequeñísimos dedos mágicos, uno a uno, los tallos, dar relieves escandalosos a los troncos de los árboles, una que otra decoración en piedra y contrastantes colores en las flores. Aunque bien era cierto, que, no le encantaba la idea de pasar incontables horas pintando las verdes hojas del viejo sauce, que al paso de unas horas, el monótono color, la hacía desvariar. Soportaba la labor por que el resultado era un hermoso paisaje.
                Marisa no quería perder su tiempo en pintar una y otra vez las Hojas, lo que a ella más gustaba era dibujar las finas líneas en las flores, especialmente, las Lilis y Astromelias que siempre reían al pasar los deditos llenos de tinta por sus pétalos; Dar contorno a los gruesos troncos y adornar con graciosos tonos  los hongos bajo el árbol mayor.
                Si esto no fuera suficiente, por petición del Mñip se  tenía que pintar el follaje de café durante el otoño, dedicar tanto tiempo al detalle de las hojas le provocaba tedio. Esto le molestaba, todo el verdor que daba vida al árbol, al pintarlas de café las hacia estremecer y caían.  –yo creo odian el color. Decía Marisa-. Daba la impresión de dejar un sauce viejo y cansado.
                Un día harta de la sepia labor fue a hablar con el espíritu que vive entre las ramas del viejo llorón “el Miñip” era un ser poco conversador. A diferencia de otros árboles que pasaban su existencia luchando, dedicando sus días y todos sus esfuerzos por alcanzar algún día el sol, a estirar aunque sea un poquito más sus ramas para acercarse al flameante astro.

Muy por el contrario. El Miñip, en su anciana sabiduría, En lugar de amontonarse con otros árboles, vivía un tanto aislado, Su devoción no era fiel a la grandeza del sol sino a las pequeñísimas hojas que le adornaban, dedicaba sus días a meditar. dejaba caer sus ramas flexibles pero resistentes a los costados. Dedicaba su existencia a recibir de toda dirección la energía del sol padre. En lugar de grandes hojas, el viejo sauce las prefería pequeñas y delgadas, asi sus queridas hojitas cabían más y mejor.
               
                Perdón que lo despierte, necesito decirle un par de cosas, ¡no me impresiona que te llamen sauce llorón!, comenzó hablando Marisa acalorada. -Yo también sería inconsolable si lo más hermoso de mí ser, cayera año con año dejándome triste y despojado de mis hermosas hojitas, "quienes por cierto yo me encargo de dar color y tener presentables"-.      
                ¿Eh? Esbozó un ruido el amable gigante
                -la mitad del año pintando todas tus lindas hojitas, cuidándolas, poniendo lineas y bordes, hermosas y llenas de matices, combinan con el entorno, generando la vista que todo lo acapara. ¡Pero claro que no! El Sauce Miñip exige su cambio de estilo anual, gritoneaba la pequeña Hada-.
                ¿Disculpa? Replico el aletargado grandulón.
                -¡Quién es usted y porque motivo condena a esas pobres y hermosas hojas!
           
- Solo porque conozco tu motivo y se es noble contestare, pequeñita-. dijo el gran sauce.
                -La mismísima madre me entrega  la vida de la tierra y todos sus nutrientes, a través de mis pies,  allá abajo, donde millones de lombrices cosquillean mis miles de largos y reticulares dedos; agua y minerales recorren e inundan de fertilidad mi ser. Durante mi vida, soy y seré el instrumento que transmite la vida de la tierra al cielo. el que mantiene el balance del oxígeno que respiras, quien cría y enseña a respirar, aquel que alimenta esas hojitas y las ve crecer; pero sobre todo soy quien nostálgico, ve partir para no volver a sus bebes año con año.
                Perdone sabio Miñip por haber menospreciado su labor, y turbar su quietud con mis absurdas observaciones sobre mi absurdísima actividad, jamás imagine la magnitud de su sacrificio.
                 No te disculpes pequeña niña, ofendido no estoy, si has de disculparte debe ser contigo misma, la única faena que menosprecias es la tuya misma, al creer que no tiene importancia. Sin esos tonos sepias las hojas no conocerían el color de su verdadera madre, la tierra que regaló sus nutrientes para que esas pequeñas hojas lograran crecer.
                -Al ver el marrón de su reseca piel recuerdan su verdadera naturaleza y gustosas desprenden su cuerpo al incierto vuelo, a reencontrarse con quien tiene años viéndolas, desde lo bajo, crecer. No hay sacrificios, simplemente, es regresar a los brazos de su madre. Lo que vive en mí y en ti, es parte de un ciclo mucho más grande que cualquiera de nosotros o que la vida misma.-
                Dicho esto el Miñip cerró sus ojos y siguió descansando. Marisa no pudo contener su llanto y emprendió el vuelo henchida de emociones rumbo a la copa del árbol. De los ojos salían lágrimas que empañaban su visión y sus manos destellaban hermosos tonos beige y marrón; escenas de criaturas regresando a los brazos de su madre, hojas cayendo emocionadas; Dibujos de amor y comprensión.
                Por fin Marisa vio la belleza de la muerte,  encontró que no es ausencia ni negrura, se trata de millones de grises matices que convergen y  convierten la separación de vida y lo inerte en algo irreal, que la vida es un ciclo y para crear vida hay que modificar la actual. Solo el movimiento genera crecimiento.
                Nunca un otoño había sido tan terreo y perfecto.

 Fin.

jueves, 20 de febrero de 2014

Nacho y Cenobio


En un país del Continente Americano, más allá del ecuador, hay una nación llamada México. Cerca del centro de este gran país, en el árido desierto donde no hay ni maíz, allá en el pueblo viejo, en la cantina a contra esquina de la plaza, tras las puertas abatibles de madera color mostaza, sentados en la barra, frente a dos caballitos, un par de limones cortados a medio chupar, sal y botella de tequila que empezaba a agonizar; Se encontraban dos alegres compadres, riendo y hablando de algunos descuadres.
                -Compadre, compadrito, he tomado en demasía,  el tequila  surte efecto, mi cabeza da vueltas y la siento vacía-, ¡a que te refieres nacho! contestó el otro borracho, blandiendo la botella su mejor amigo Cenobio, con muestra en la cara de mínimo de agobio.  
                   
                -¿Qué le acongoja compadre nacho?- dijo cenobio, -Parece que busca apapacho.-

                 -Es la maría que me tiene abrumado, me grita y regaña, yo ya no soy su amado. ¡Ay cenobio creo lo hace con saña!-.
                ¿Pos que le hace? o ¿qué le dice? -Preguntaba interesado el compañero-. ¿Acaso quieres que te canonice? -Se acercó y ofreció otra copa el cantinero-.
                 -La María,  es la María, ya no habla de nuestros amores, solo echa en cara todos sus rencores; que si el futbol y que si apesto, que es el alcohol la razón, por la que ni atención presto. Le juro compadre que no hago daño. ¡Disque soy re necio! Que soy tacaño y  solo veo el precio. Pero quietecito que me quedo y la escucho murmurar, ahí, ya sé que en esos casos lo mejor es adular-. 
              
                 -Hace rato argumentó, que me la paso con mis amigos. Ahí se soflamó y me mandó a comer higos. Ay compadrito, ya no se ni que hacer, esa mujer testaruda me hace enardecer. No entiende de razones ¡yo tan bueno que soy! y ella con sus canciones-.

                -Así son las mujeres-, contestó Cenobio, -son re buenas, pero a veces te hacen sentir microbio. Yo aconsejo mi apreciable y querido viejo, que para evitar futuros problemas se deje de tarugadas. Dígale a la futura muchacha que le gusta la garnacha, las tardecitas de futbol  y las cervezas bien heladas-.
                 -Es que compadre no se haga menso, usted no piensa cambiar, por eso luego lo traen del pescuezo. Agarre una que le aguante la fiesta y lo acompañe en su siesta. Ella también se divierte, escuche atento. Aquí, todo se lleva el que les invierte. Las mujeres de hoy están muy cambiadas, no aguantan chicotes, porrazos ni cachetadas-.

                 -Ora compadre no me regañe, -contestó Nacho-, con cosas que no atañe y de que soy gacho. ¿Ósea que es mi culpa que mi vieja me grite? no lo entiendo por más que medite-.

                El cómo reaccione maría no te compete, por favor no hagas tanto brete. Lo que yo digo, es que te quedes estable con alguien más amigable. Que comparta lo que gustas y peleen a mano en las justas. Alguien con quien quieras estar, pasar veinticuatro horas sin tener que ajustar, buena amiga y compañera, que no sea solo de bañera; considerada por gusto y no obligación, al sentirse parte cómplice de tu condición. 

martes, 18 de febrero de 2014

Toñito y el Almirante.

         Hace muchos años en un pueblo llamado El Zacamecate, caminaba un pequeño niño con su abuelo El Almirante. Un hombre sabio de largas barbas y cabello de cebolla; al verlo toma aire y nota la quietud que se desarrolla.

            El niño por su parte, inquieto e insurrecto brincaba al caminar por el campo abierto  y abrupto. Brinco y brinco da Toñito intentando hacer a su abuelo desesperar. Pero el amable almirante solo lo ve pasar.

          -Abuelito, abuelito. Qué es esa bolita de algodón que cuelga del alfeizar- gritó y corrió el pequeño niño como si fuera a cazar. -¡Espera Toñito!- gritaba el abuelo, -es una mariposa escondida bajo su velo.- ¿Una mariposa?- Respondió el pequeño niño.- No me mienta Almirante, que no soy cualquier granate-.

          -Las mariposas son bichos que vuelan con miles de colores. El algodón no planea aunque lo muevan los dolores-, dijo ensalzado el pequeño niño, que si bien no es apacible, es conocido por su inteligencia plausible.

 -No juzgues sin conocer, dijo tranquilo el anciano, Investiga su proceder y verás que mi razón viene de antaño-.

-Al igual que los árboles y las flores, las mariposas cambian para deleite de sus amores. Nace pequeña y escurridiza, con gracia puedes ver sobre la leña como la oruga se desliza-.

 -¿Por quién me tomas anciano insensato?, ya te dije que no soy ningún suato. Replicó molesto Toñito. A lo que su abuelo contestó con un suspiro: -¡ay mijito! La inteligencia deja de ser virtud si no se acompaña de paciencia que le dé magnitud. Continuó el abuelo. ¡Ahora déjame terminar pequeño chimuelo!-.

                La pequeña oruga vive y come, come y vive. Incrementa mucho el tamaño  en menos de un año. Mientras el mundo gira y es un entero barullo, la pequeña oruga teje, se envuelve y vive en ese capullo.

                Pasados los días, tras mucha paciencia, la crisálida rompe su abadía,  liberando su esencia. Habilidosa la grácil mariposa, extiende sus alas de forma majestuosa. Libera su vuelo y surca los cielos. Conquistando así tan añorados anhelos.

                La vida de todos desliza en distinto camino, más sin embargo, todos tenemos un mismo destino. Por eso mi niño, vive y conoce tu tierra, disfruta la viña y juega en la sierra. En algún momento tus pies cansados pedirán descanso y solo tras este volarás al ocaso.

                Eres quien fui mi dulce Toñito,  serás quien soy, un dulce viejito. Nuestro espíritu será quien dibuje el azul del cielo junto hermosas mariposas flotando libres de duelo.

Luigi



               




viernes, 14 de febrero de 2014

Cigarrillo en China

En su hotel, el portero detiene la puerta para facilitar su ingreso, thanks, dice Luigi al entrar, de inmediato se siente ajeno a la escena. Un grupo de gente con relucientes copas de tinto en mano, desperdigados a través del lobbie. Derroche de elegancia y pose.
Frente a él, un negro y acharolado piano de media cola, no recuerda estuviera ahí. Ensimismado, el músico, hace gala de talento, cree reconocer las notas, The Heart Asks Pleasure First, se dice convencido. A un costado, advierte el altísimo pilar que divide al gran salón, a su derecha la recepción del hotel, a la izquierda, una espaciosa sala repleta de ansiosos fumadores. Decide hacerles compañía.
Se cuela entre la gente, encuentra un lugar para sentarse, el sillón de cuero café resulta más acogedor de lo esperado. Saca un cigarrillo y lo enciende. Cruza la pierna, observa.
Podría compararse con un niño cazando mariposas, curioseando la mayor parte del tiempo. Hablando con las plantas, enviando luz al universo. Se siente cómodo sabiéndose diferente.
Siempre ha sido propenso a pensar de más, vivir en su mundo. Es de los que se detienen a observar la araña y su elegante caminar. Se maravilla al ver los temperamentales y hermosos colibríes. Su mente siempre camina, no se detiene, esto lo mantiene despierto, soñando, respirando.
El recuerdo flota, escapa, remolinea y se eleva con el humo gris. Tu padre siempre dice; tienes mucho que agradecer por las tres herencias que te otorgo; te hice alto en un país de chaparros, te hice guapo en un país de feos, te hice inteligente en un país de tontos.
Disfruta los primeros dos hechos. Odia la crudeza de lo real, no deja espacio a los matices.
Estos chinos no son tontos, la gente resulta agradable a la vista, su estructura ósea es balanceada, de constitución estética. La altura solo ayuda a ver más lejos, excepto cuando llueve, en ese caso, solo eres el primero en mojarse, si los lentes se empapan verás menos que nadie.  Replicaba sarcásticamente su mente.
Apaga el tabaco presionando fuertemente contra el cenicero la mesa frente a él. Saca el móvil, vence la espalda al respaldo. Toca la pantalla y escribe; ¿Te puedo preguntar algo María Luisa? ¿Alguna vez has destazado a una persona? Resaltado sus errores, sacado el color de sus ojos, la forma en que viste, arrancado sus secretos  y defectos, al punto en el que detienes súbitamente tu pensar y decides poner orden a tanta negatividad -presiona enviar-.
Un pequeño mensaje aparece en la pantalla, escribiendo…
Solo todo el tiempo ¿Cómo te tratan los chinitos? -contesta María Luisa-.
Por el momento todo bien, salí a caminar y me moje un poco, cambiaré mi ropa e intentaré dormir, el cambio de horario está haciendo de las suyas. No he comido pero en un rato más iré por una hamburguesa, -escribe velozmente Luigi y envía-.
Tras breve momento, aparece en la pantalla un nuevo mensaje. “Sécate bien antes de dormir, no vayas a querer estar enfermo en tu trabajo. Te llevan hasta allá para tenerte en la cama del hotel toda una semana ¡pues no!”
Ok, ok. Subo en este momento, me seco y dormiré, te mando un beso. Contesta Luigi. ¡Descansas! dice María Luisa.
Sigue las líneas negras del lustroso piso blanco, hasta llegar al elevador. Presiona el botón, chasquea la lengua. Presiona el botón un par de veces más. Las puertas se abren, sale un niño sujeto al dedo índice de su madre. No puede evitar enternecer su expresión al ver salir una gruesa lágrima del rasgado ojo y rodar en la mejilla del infante.
Sube al piso de su habitación, camina por el pasillo sin prisa. Mete la tarjeta a la cerradura eléctrica. Entra a la habitación se desnuda y extiende la ropa húmeda sobre el sillón reclinable en su alcoba. Se pasa una toalla por todo el cuerpo. Busca en su maleta, toma las prendas y las viste. Parado frente a un gran espejo, usa la secadora de cabello. Acerca el pequeño espejo de aumento, con un brazo neumático cromado fijo a la pared.
Los parpados agotados, se muestran, hinchados, amoratados. Te estas poniendo viejo, se dice a sí mismo. Esboza una sonrisa y camina a la cama. Un par de horas, nada más. Se dice mientras cierra los ojos.


Luigi

miércoles, 12 de febrero de 2014

Un café en China

Al momento de despertar de su corta siesta, se siente bastante contento, cuestiona a qué hora llegarán los estragos de tan radical cambio de horario. Tras una corta ducha, toma su tiempo en elegir la ropa que llevará a la calle. ¿Viajar por trabajo me hace exitoso? No lo creo, se decía adoptando un rostro reflexivo. Pese a que no es la persona más productiva, el realmente se considera exitoso. ¿Qué es el éxito sino la realización de nuestros deseos? Es extender la felicidad progresivamente, vivir lo que se quiere, querer lo que se vive. Sobre todo, disfrutar el camino que te lleve a cualquier destino, sin importar llegues a tal lugar. Se dice mentalmente mientras pasa un delgado peine por el cabello húmedo.
            Lava sus dientes y se dirige a la cama, se sienta para ajustar el cordel de sus zapatos. Una última ojeada al espejo, toma gorro, guantes y bufanda. Listo. Sale de la habitación y se dirige al elevador. La imagen de una pareja oriental tomados del brazo se hace presente conforme las puertas del ascensor abren. Silencio incomodo que irrumpe pensamientos, -curiosa cosa el amor- cantonea una voz en su cabeza.
            La gran puerta giratoria lo recibe e invita a jugar, Luigi rechaza  desganadamente al cruzar el umbral.  Juan Luis Guerra sugiere un poco de cafeína a su oído. Endereza la espalda e imprime más energía en cada zancada.  
Después de unas cuantos pasos, tras un parque repleto de inmensos pinos, gira a la derecha. La llovizna vuelve tenue y rítmica. La humedad lo hace sentir cómodo. Repentinamente, como por arte de magia mil sombrillas se despliegan ante su vista, los rostros se cubren de nailon multicolor.
El ser humano y su ingenio, replica su mente, hemos creado techos que nos cubren de la lluvia en todo momento, incluso nos acompañan por las calles, ha convertido nuestra timidez envasando valentía en pequeños frascos etílicos y nuestra corta memoria en libros eternos, levantado ciudades en desiertos y llevado la sabiduría universal a la palma de tu mano.  
A lo lejos, dentro de un círculo verdusco y blancas letras, distingue a la sirena de dos colas que entrega a diario millones de litros, costosísimo líquido castaño lleno de energía.  ¿Será esta una de las tres tiendas que abre al día? Se pregunta mientras dirige su paso al establecimiento.
 Espera en la línea a que atiendan a los tres hombres de baja estatura frente él. Nota como una joven con auriculares sentada, le observa tímidamente al tomar café. Éste sonríe y avanza. Mira al mostrador y nota como un altísimo hombre de ojos rasgados se desliza grácilmente entre las licuadoras y la máquina de expreso, inusualmente veloz, hasta para esta cadena que se caracteriza por su rapidez. Avanza un paso, lee en la pared el menú, es como en casa, (no es la primera vez que agradece mentalmente al emporio por su fidelidad a los manuales y monotonía bautismal).  Avanza, se para frente a la caja, saca la cartera y ordena el más grande de sus vasos de café con un chorrito de leche fría, baja en grasa. hace efectiva su dorada tarjeta, el joven barista entrega su bebida. Cuidadosamente guarda la nota y sale del local.
Caminando a paso presuroso observa una gran tienda de costosos bolsos neoyorquinos, se detiene unos instantes para observar la plateada y obesa figura de un monumento, es como un luchador de sumo cayendo o flotando, el obeso flotante, concluye Luigi.
Una encrucijada detiene su paso, enormes avenidas se fusionan, caminar ahí sería un suicidio, piensa, unos segundos más tardes se percata, a su derecha, dos escaleras mecánicas inundadas de gente. Monta la ascendente a tropel, maravillado observa como esta lo lleva a un segundo piso peatonal, calles y bancas, todo flotando sobre el bullicio y descontrol automovilístico.
Decide sentarse en un parque colmado de deshojados cerezos, observa la escultura de un grupo de estudiantes o al menos eso le parece, uno monta su bicicleta mientras otros dos charlan. Obliga su respiración a ser mas profunda, en ese momento la llovizna se convierte en chubasco, respira profundo y decide regresar al hotel.
Cuando vaya por mi hamburguesa en un rato no debo olvidar mi sombrilla, piensa mientras sus ideas se humedecen.  

Luigi

martes, 11 de febrero de 2014

Desayuno en China

Un absoluto silencio lo invade, se nota exaltado, Juguetea un poco con los dedos del pie, mientras abre los ojos. Se levanta de la cama súbitamente, camina hacia la ventana, que abarca un muro de la habitación, desliza las cortinas y nota que la lluvia ha cesado. Un gris espeso predomina en el paisaje. De las nubes caen magnánimos edificios, lentamente baja la mirada y nota gran movimiento en las calles a sus pies. Imagina como las abejas buscan ansiosas el polen. 
Estira lo brazos intentando tocar el techo, da un gran bostezo y velozmente se pone ropa cómoda para bajar a desayunar al lobby.
            ¿En qué habitación se hospeda? –Pregunta la menuda mujer detrás del pódium recibidor, color cerezo- trescientos siete, contesta Luigi. La sigue hasta una mesa circular para dos, junto al ventanal. Deja su laptop en una silla y se pone los audífonos, conecta al teléfono celular. El piano avisa que Xavier Naidoo comenzará a cantar.
             Se acerca a la barra del bufet. Tararea la melodía, husmea un poco aquí y otro poco allá, tratando decidir cuál será su elección. Lamenta no encontrar chilaquiles, la mayoría de los platillos que ve, le sería más apetecible durante la comida. Sin prisa se acerca a un extremo de la barra y comienza a servir, mientras lee a media voz; salmón dulce, salchicha de maple, tocino, huevo cocido en vinagre, noddles. Un poco para probar de todo, se dice. Toma de otra barra una bebida que según explica el dibujo, tiene algo que ver con el intestino.
            Toma asiento y termina de escuchar las últimas notas del gutural canto. Su mente se remonta a unos años atrás, cuando él y sus amigos tomaron clases de alemán cantando. La ridícula escena del grupo repitiendo el complicado sonido mientras cantaban le provoco una sonrisa. Toma el teléfono, garabatea en él y aparece un minúsculo letrero que dice, el video llamado está siendo enlazado.
En pixeleado detalle muestra el rostro de su bronceada amiga caminando por una bohemia calle caribeña. ¡Mi amor! -Grita la entusiasmada mujer- Tras informales saludos. Melissa interrumpe y pregunta: ¿Listo para trabajar?  -¡Muero de miedo! Contesta mientras demuestra su frustración con una mueca. Ella le aconseja, no se vista con nada llamativo en su primer día de oficina, reglas de urbanidad decía, honra al anfitrión, pero no  sobrepases su vestir, podrían tomarlo como agresión, no conoces a tus compañeros de oficina, mañana será, solo, el primer día, ya habrá tiempo de que los encantes de alguna otra forma, no te presiones. Sé cordial y no tomes confianza muy pronto. Tras sus consejos, la sensual mujer se despide.  
Cierra los ojos, por un instante su rubio y lacio cabello llega al mentón, hace juego con su desgarbada ropa y la expresión de tranquilidad en su rostro. Recuerda el lugar, regresa a la preparatoria, momento en que sonreír es religión; Soplo en que absolutamente nada tiene importancia. Instante en que se sienta de piernas cruzadas sobre la banca de concreto frente al jardín, prende un cigarro. Observa cuan joven y ridículo se ve con aquel cigarrillo del diminuto camello entre sus dedos.  Respira profundo, inhala el humo llenando sus pulmones y abre los ojos. Observa su desayuno más tranquilo.
            La mesera se acerca cordialmente y ofrece café, asiente con un movimiento facial. Observa su plato nuevamente y decide pinchar con el tenedor una salchicha. El cambio de horario ha eliminado su hambre, sabe que debe comer algo, no tiene planeado probar bocado hasta entrada la tarde que vea a su jefe. Este pensamiento le recuerda, quedó de llamar para acordar hora.
            Toma el celular prestado y busca el nombre, saluda a su jefe y este le contesta con una voz casi incomprensible, se disculpa por que llegará más tarde, el catarro que lo acechaba el día anterior, tomó forma durante la noche. Luigi ofrece verse al día siguiente para ir a trabajar, hoy tomará un paseo y buscará algo más tarde para cenar, una hamburguesa o algo sencillo de ordenar.  
Toma el huevo cocido de su base y lo ve con desconfianza, el huevo rojizo tiene manchas oscuras, lo olisquea y rompe el cascaron, con cuidado quita hasta el último vestigio de dureza, nota que la clara resulta ser oscura, entintada. Corta el huevo y con ayuda del cuchillo, postra un poco de huevo con yema. El avinagrado sabor no es de su agrado, decide intentar con el noddle. Tras una breve lucha entre el tenedor y el fideo logra meterlo en su boca y decide que el sabor es bueno. Aunque insiste en que se le antoja más para comida.
            Tras probar el salmón y el resto de la comida en su plato, da un último sorbo a su café y destapa el pequeño bote del intestino impreso, sólo para darse cuenta que el sabor le es familiar. No es más que una versión china de ese líquido blanco con lactobacilos que venden en su país.
Se pone de pie agradece a la mesera sus finas atenciones y sale del restaurante, camina a través del lobbie y ve a un grupo de ocho ejecutivos orientales, todos serios, sin expresión. -¿Qué pensarán de mí? Me verán con el mismo interés cuando gesticulo excesivamente, ¿mi jefe pensará que ejercito demasiado mis músculos faciales? Se preguntaba Luigi-.
            Con la costumbre de presionar cómo mínimo cinco veces el botón de elevador, espera sonriente su llegada. Tomaré una siesta, me baño y saldré a caminar. La digestión y el Jet Lag están cerrando mis parpados, se dice mientras sube a la habitación.

Luigi

sábado, 8 de febrero de 2014

Jet Lag en China

Once de la noche, escasas horas en este país, relee la contra portada, gira el libro, nota como las letras rojas resaltan del lustroso fondo blanco –El Hombre Mediocre- un anciano se muestra en portada. No puede evitar sentir molestia hacia José Ingenieros, el autor echa en cara cosas de su vida que no le son agradables. Sutilmente lanza el libro sobre la maleta, se dispone a ver la televisión, la enciende y recrimina el hecho de no cargar con más literatura para este viaje. No tomó en cuenta las larguísimas horas de vuelo, mucho menos pensó en terminar recién llegara a su destino. Solo en su infancia gustó de la televisión, disfruta las películas y diversas series, pero detesta los comerciales. Pasados escasos minutos apaga la caja luminosa.
            Enciende el ordenador portátil para contactar algún amigo en las redes sociales, no ha sonado el último bip, que anuncia, el sistema ha cargado, cuando recuerda que en este país, sus amadas redes sociales no funcionan. Se pregunta si habrá forma de eludir la seguridad cibernética del país comunista. Tras varios intentos, desiste. Su pericia informática se reduce a teclear más rápido de lo que piensa. Curioso el hecho de que funcione igual al hablar.
            Juguetea y explora  los cajones del escritorio instalado en la habitación, se percata de la comodidad que proporciona la espaciosa silla café de falsa piel.  
            Dirige su andar al baño, abre la llave de la tina, observa como la blanca y espaciosa bañera alcanza un nivel suficiente de agua -es muy grande para mí-, piensa. Huele su axila solo para corroborar la urgente necesidad de un baño. Corrige la temperatura, su piel no soporta las altas temperaturas, siente el agua moverse entre sus dedos mientras certifica su tibieza. Se desprende del ropaje de viajero y recuesta el cuerpo dentro del agua.
            De todas las posibles emociones su mente elige sentirse abrumada; Al día siguiente no tiene actividad definida, salir a conocer, no es la primera vez que viaja, pero si es la única sin compañía. Se pilla a si mismo con un nudo en el estómago ¿triste? No, asustado, emocionado. Nota como el ceño empieza a presionar, saca del agua su mano derecha, toca su frente, siente las arrugas que inconscientemente aparecieron segundos atrás. Presiona con el dedo medio y pulgar las sienes. Reprocha su sentir e intenta nuevamente vaciar su mente.
            ¿Y si me pierdo? No conozco la ciudad, no entiendo el idioma, no entiendo las señales ni letras, poca gente habla mi idioma o inglés. Detiene súbitamente su pensar y recuerda que su jefe al dejarlo en el hotel le entregó un móvil. Se regala media sonrisa, cuestionando la paranoia.
            ¿Qué hora será en México? Debe ser cerca del mediodía, podría llamar a alguien. ¡Enserio! Grita una vocecilla al fondo de su cabeza, haciendo callar a las demás, venir tan lejos y no poder soltar la rutina. En un intento por dejar la absurda conversación mental, se recuerda, que siempre ha argumentado “los viajes exterior deben ser al interior”.
            Medita, medita, relájate y pon la mente en blanco…
            Algo de música podría ayudar. ¿Cómo será la música aquí? Apuesto a que es chillona. Preguntaré a alguien sobre ello -retoma conversación la vocecilla-. Con actitud enfadada, se pone de pie, extiende el brazo izquierdo para alcanzar una afelpada bata de baño que cuelga de la pared, sale medio húmedo y dando brinquitos hasta el buró junto a su cama, seca sus dedos enérgicamente contra la bata, desconecta el celular y comienza a buscar algo para relajarse.
            Una guitarra española se hace escuchar desde el pequeño teléfono inteligente. ¡Para meditar Luigi! Se dice en voz alta en tono sarcástico.  Adelanta, adelanta, adelanta. La percusión suena, cadente, fluida, casi arrítmica. Dudoso, decide cambiar el intro de la música árabe, elige algo más tranquilo.
El chelo suena, hace su melancólica entrada. Luigi sonríe y regresa a la tina. El violín  responde con prisa, pasado unos instantes, la guitarra interviene sutilmente. Chapotea un poco y se pregunta cómo Yanni logra esa evolución de sonidos. Su corazón se exalta al escuchar la velocidad de las cuerdas, se combina el arpa con timbales, algún otro instrumento que no logra identificar, la trompeta llega a poner orden para después dejar que el violín recupere el protagonismo. Puede imaginar la disputa entre los dos instrumentos para ser el más veloz, cada vez más y más rápido, formando un hermosísimo, ansioso y melodioso instante; Cuando sus cuerdas cansadas no pueden más, terminan rendidas al unísono y justo después de una milésima de profundo silencio la gente estalla en aplausos. Simplemente su mejor concierto, afirma audiblemente Luigi.
            Se alegra de haber recuperado la calma. No hay nada que temer, soy la persona más afortunada que conozco. Se dice mientras sus ojos se cierran cansados.
Qué pasaría si un día despertaras y te dieras cuenta que todo lo que has vivido fue un sueño, ¿Cómo te sentirías? ¿Habría melancolía? ¿Alivio? ¿Añorarías todos esos años? Tenía la sensación en el cuerpo, como si cayera. Su mente estaba ya en otra parte.
            Al despertar frotas tu cabeza –continua sugiriendo la voz en su cabeza-. Te percatas que el cabello es diferente, observas tus manos y su piel se muestra más joven. La boca te sabe a cenicero. Recostado, miras sobre tu hombro hacia el mueblecillo, una luz parpadeante en rojo te dice que es hora de despertar.
            Tratas de hacer memoria y te percatas que todos esos recuerdos alegres y tristes se comienzan a esfumar. Ese lejano amor que regaló incontables lágrimas y sonrisas, pierde su rostro en un segundo. -Un huracán se forma en su abdomen, generando vacío-. ¿Lo volverías a hacer? Estas herido como nunca ¿lo volverías a hacer? Claro que lo volverías a hacer. Pequeño y cursi Luigi, claro que lo volverías a hacer.
Los dedos de sus pies fueron los primeros en notar que la temperatura del agua disminuía, abrió sus somnolientos ojos y sonrió ampliamente. Se puso de pie, tomó una ducha mientras dejaba correr el agua. Regreso a su cama, tras poner la alarma apagó la música y se metió entre las cobijas con el celular en la mano.
Claro que lo harías Luigi, buenas noches. Se decía, mientras se sentía arrastrado por el sueño.


Luigi