Llevaba
ya un tiempo considerable estudiando piano, siempre constante, podría decirse
que era ya una experta, nunca faltó a
una sola clase, los dedos eran cada vez más ligeros y veloces; sus ojos leían
las partituras tan fácilmente como su novela antes de dormir.
Solía exigirse mucho para algún día
llegar a ser la mejor. Su aspiración apuntaba hacia lo creativo y era justo ahí
donde se le presentaba el problema, parecía ser que cada que Erika quería
escribir música propia, su mente quedaba en blanco y no había forma que
escribiera nada. A lo mucho, algún esbozo de dibujo.
Una mañana de invierno sentarse y
esperar a que la inspiración aflorara. Cuatro horas duró ahí sentada,
dividiendo su tiempo entre el banquito del piano que adornaba su sala y la
silla del escritorio que
daba a la ventana.
Pasado este tiempo y crecida su
frustración tomó su cuaderno pautado y lo lanzó contra la pared al otro extremo
de la habitación, mientras gritaba:
Admirable
talento el de mi persona,
Seguro
soy pariente del perico.
Cuando
repito todo se acciona
Pero
por más que quiero nada fabrico.
La libreta rebotó con el muro,
mostrando sus hojas, giró en el aire y de alguna forma cayó abierto junto a la
mesa del comedor. Se acercó molesta y refunfuñando sobre su falta de cordura.
Al agacharse por el cuadernillo, esquivó el borde de la mesa para evitar un
golpazo, pero diferente fue su suerte al alejarse de ésta.
Un aullido de dolor inundó la
habitación, que al final la hizo caer tras tremendo golpe en la nuca. Sintió
como un cálido liquido recorría su cráneo en dirección a su nariz postrada
sobre el cuaderno, vio una delgada y rojiza línea escurrir la hoja.
Cerró sus ojos, tomó un fuerte
respiro y sin mover otro músculo volvió a abrirlos. Pudo ver como la sangre
empezaba a dibujar algo que de principio no reconocía. El suave recorrido
circular cambió en pendiente y tras una leve curva volvió para terminar de
formar una perfecta Clave de Sol.
Tras un instante sus ojos se
enrojecieron y sintió como el cuerpo se integraba a la página de papel, no hubo
ningún malestar, por el contrario un aire de paz inundaba sus sentidos.
Un parpadear después se encontró
recostada sobre cinco listones gruesos y negros, tan suaves y resistentes como
la seda. Supo de inmediato que no caería ya que estaban unidos de alguna forma.
Pasados unos instantes, cuando por fin convenció a su cuerpo que era tiempo,
tras irresolutos intentos logró incorporarse.
Fue ahí donde por fin notó que no
estaba sola, una señora, más grande que la que haya visto jamás, observaba
atenta, sentada sobre un sillón tinto que, muy a duras penas, se mantenía sobre
los listones que soportaban el peso, empezaba muy angosto e iba creciendo para
sostener el cuerpo de la curveada figura.
La elegante mujer del vestido
escarlata solo giraba su cabeza como tratando de entender que le pasaba a la
atolondrada muchacha frente a ella. Vacilante, preguntó – ¿sabes caminar?
Erika sacudió su ropa y dijo –
¡Claro!- con una leve mueca de molestia. -Que haces chiquilla en estos
terrenos, si siempre nos ves desde tan alto en los cielos-.
La joven sentía que el preocupar de
la señora era más un manifiesto de actitud burlona. Ignoró por un instante sus
modales y decidió enfocarse a su equilibrio. No entendía como estos listones
podían sostener el enorme peso de la robusta mujer, a sí misma la hacía sentir
inestable. Era como tratar de mantener equilibrio sobre una tela, tensa,
suspendida en el aire.
Un momento -replicó la joven- a que
se refiere con que los veo. A usted no la conozco y honestamente no sé dónde
estoy. Me golpee muy fuerte y creo que estoy soñando. De ser así, supongo que
usted es la Clave de Sol.
- ¡Me llamo Soledad!, no seas
igualada, Sol me llaman mis cercanos. Veremos quién eres y si ganas el llamarme
así. Y que te quede claro –continuó la ensalzada mujer- sólo si llegamos a ser
amigas te podría dar la clave.-
Erika no entendía muy bien que
estaba pasando pero debió de divertirle la situación ya que se sentó y conversó
con la mujer. Conversó por horas y horas.
Hablaron de historia y de autores,
libros cuentos y flores. Resultó que tenían más en común que nadie que, alguna
de ellas, hayan conocido.
Soledad sabía mucho, le enseñó de
compases e interpretación, sintonía, sinfonía y armonización. Aconsejaba y no
regañaba, siempre de manera sarcástica le explicaba.
-¿Tamaño? Que absurda sois, pequeña.
El sonido fluye sin espacio, simplemente cubre sin ocupar, se conforma de
silencios y momentos, la inspiración no fluirá si insistes en escuchar, cuando
ignoras lo que hace hermosa la melodía: esos silencios que llegan en el justo
momento, dando matices al sonido, cincelando el espacio, fusionando todo.-
-Cómo escribir notas de amor si la
inspiración es molestia, es como escribir sobre felicidad mientras alguien te
está pellizcando.-
Al decir estas palabras Erika
instintivamente sujetó su bicep y se dio un fuerte apretón en la piel.
Volteó a ver su brazo y en ese
instante estaba de vuelta sentada sobre el banquito de su piano, tocando
instintivamente una melodía jamás escuchada, tocó y tocó la pianista liberó su
alma a través de los dedos.
Lloró por su terquedad y lloró por
su empeño. Sonrió y siguió tocando, recordando aquel momento de loco desenfreno
el golpe y su amiga. Sin darse cuenta con cada paso que dio fue marcando el
compás de una nueva nota. La música es como las letras que lee en sus cuentos
por primera vez, van tomando forma al vivirlas.









