Once de la noche, escasas horas en
este país, relee la contra portada, gira el libro, nota como las letras rojas resaltan
del lustroso fondo blanco –El Hombre Mediocre- un anciano se muestra en portada.
No puede evitar sentir molestia hacia José Ingenieros, el autor echa en cara
cosas de su vida que no le son agradables. Sutilmente lanza el libro sobre la
maleta, se dispone a ver la televisión, la enciende y recrimina el hecho de no
cargar con más literatura para este viaje. No tomó en cuenta las larguísimas horas
de vuelo, mucho menos pensó en terminar recién llegara a su destino. Solo en su
infancia gustó de la televisión, disfruta las películas y diversas series, pero
detesta los comerciales. Pasados escasos minutos apaga la caja luminosa.
Enciende
el ordenador portátil para contactar algún amigo en las redes sociales, no ha
sonado el último bip, que anuncia, el sistema ha cargado, cuando recuerda que
en este país, sus amadas redes sociales no funcionan. Se pregunta si habrá
forma de eludir la seguridad cibernética del país comunista. Tras varios
intentos, desiste. Su pericia informática se reduce a teclear más rápido de lo
que piensa. Curioso el hecho de que funcione igual al hablar.
Juguetea
y explora los cajones del escritorio instalado
en la habitación, se percata de la comodidad que proporciona la espaciosa silla
café de falsa piel.
Dirige
su andar al baño, abre la llave de la tina, observa como la blanca y espaciosa
bañera alcanza un nivel suficiente de agua -es muy grande para mí-, piensa.
Huele su axila solo para corroborar la urgente necesidad de un baño. Corrige la
temperatura, su piel no soporta las altas temperaturas, siente el agua moverse
entre sus dedos mientras certifica su tibieza. Se desprende del ropaje de
viajero y recuesta el cuerpo dentro del agua.
De
todas las posibles emociones su mente elige sentirse abrumada; Al día siguiente
no tiene actividad definida, salir a conocer, no es la primera vez que viaja,
pero si es la única sin compañía. Se pilla a si mismo con un nudo en el
estómago ¿triste? No, asustado, emocionado. Nota como el ceño empieza a
presionar, saca del agua su mano derecha, toca su frente, siente las arrugas
que inconscientemente aparecieron segundos atrás. Presiona con el dedo medio y
pulgar las sienes. Reprocha su sentir e intenta nuevamente vaciar su mente.
¿Y
si me pierdo? No conozco la ciudad, no entiendo el idioma, no entiendo las
señales ni letras, poca gente habla mi idioma o inglés. Detiene súbitamente su
pensar y recuerda que su jefe al dejarlo en el hotel le entregó un móvil. Se
regala media sonrisa, cuestionando la paranoia.
¿Qué
hora será en México? Debe ser cerca del mediodía, podría llamar a alguien.
¡Enserio! Grita una vocecilla al fondo de su cabeza, haciendo callar a las
demás, venir tan lejos y no poder soltar la rutina. En un intento por dejar la
absurda conversación mental, se recuerda, que siempre ha argumentado “los
viajes exterior deben ser al interior”.
Medita,
medita, relájate y pon la mente en blanco…
Algo
de música podría ayudar. ¿Cómo será la música aquí? Apuesto a que es chillona. Preguntaré
a alguien sobre ello -retoma conversación la vocecilla-. Con actitud enfadada,
se pone de pie, extiende el brazo izquierdo para alcanzar una afelpada bata de
baño que cuelga de la pared, sale medio húmedo y dando brinquitos hasta el buró
junto a su cama, seca sus dedos enérgicamente contra la bata, desconecta el
celular y comienza a buscar algo para relajarse.
Una
guitarra española se hace escuchar desde el pequeño teléfono inteligente. ¡Para
meditar Luigi! Se dice en voz alta en tono sarcástico. Adelanta, adelanta, adelanta. La percusión
suena, cadente, fluida, casi arrítmica. Dudoso, decide cambiar el intro de la
música árabe, elige algo más tranquilo.
El chelo suena, hace su
melancólica entrada. Luigi sonríe y regresa a la tina. El violín responde con prisa, pasado unos instantes, la
guitarra interviene sutilmente. Chapotea un poco y se pregunta cómo Yanni logra
esa evolución de sonidos. Su corazón se exalta al escuchar la velocidad de las
cuerdas, se combina el arpa con timbales, algún otro instrumento que no logra
identificar, la trompeta llega a poner orden para después dejar que el violín
recupere el protagonismo. Puede imaginar la disputa entre los dos instrumentos
para ser el más veloz, cada vez más y más rápido, formando un hermosísimo, ansioso
y melodioso instante; Cuando sus cuerdas cansadas no pueden más, terminan
rendidas al unísono y justo después de una milésima de profundo silencio la gente
estalla en aplausos. Simplemente su mejor concierto, afirma audiblemente Luigi.
Se
alegra de haber recuperado la calma. No hay nada que temer, soy la persona más
afortunada que conozco. Se dice mientras sus ojos se cierran cansados.
Qué pasaría si un día despertaras y te
dieras cuenta que todo lo que has vivido fue un sueño, ¿Cómo te sentirías? ¿Habría
melancolía? ¿Alivio? ¿Añorarías todos esos años? Tenía la sensación en el
cuerpo, como si cayera. Su mente estaba ya en otra parte.
Al
despertar frotas tu cabeza –continua sugiriendo la voz en su cabeza-. Te percatas
que el cabello es diferente, observas tus manos y su piel se muestra más joven.
La boca te sabe a cenicero. Recostado, miras sobre tu hombro hacia el mueblecillo,
una luz parpadeante en rojo te dice que es hora de despertar.
Tratas
de hacer memoria y te percatas que todos esos recuerdos alegres y tristes se
comienzan a esfumar. Ese lejano amor que regaló incontables lágrimas y sonrisas,
pierde su rostro en un segundo. -Un huracán se forma en su abdomen, generando vacío-.
¿Lo volverías a hacer? Estas herido como nunca ¿lo volverías a hacer? Claro que
lo volverías a hacer. Pequeño y cursi Luigi, claro que lo volverías a hacer.
Los dedos de sus pies fueron los
primeros en notar que la temperatura del agua disminuía, abrió sus somnolientos
ojos y sonrió ampliamente. Se puso de pie, tomó una ducha mientras dejaba
correr el agua. Regreso a su cama, tras poner la alarma apagó la música y se metió
entre las cobijas con el celular en la mano.
Claro que lo harías Luigi,
buenas noches. Se decía, mientras se sentía arrastrado por el sueño.
Luigi

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