sábado, 8 de febrero de 2014

Jet Lag en China

Once de la noche, escasas horas en este país, relee la contra portada, gira el libro, nota como las letras rojas resaltan del lustroso fondo blanco –El Hombre Mediocre- un anciano se muestra en portada. No puede evitar sentir molestia hacia José Ingenieros, el autor echa en cara cosas de su vida que no le son agradables. Sutilmente lanza el libro sobre la maleta, se dispone a ver la televisión, la enciende y recrimina el hecho de no cargar con más literatura para este viaje. No tomó en cuenta las larguísimas horas de vuelo, mucho menos pensó en terminar recién llegara a su destino. Solo en su infancia gustó de la televisión, disfruta las películas y diversas series, pero detesta los comerciales. Pasados escasos minutos apaga la caja luminosa.
            Enciende el ordenador portátil para contactar algún amigo en las redes sociales, no ha sonado el último bip, que anuncia, el sistema ha cargado, cuando recuerda que en este país, sus amadas redes sociales no funcionan. Se pregunta si habrá forma de eludir la seguridad cibernética del país comunista. Tras varios intentos, desiste. Su pericia informática se reduce a teclear más rápido de lo que piensa. Curioso el hecho de que funcione igual al hablar.
            Juguetea y explora  los cajones del escritorio instalado en la habitación, se percata de la comodidad que proporciona la espaciosa silla café de falsa piel.  
            Dirige su andar al baño, abre la llave de la tina, observa como la blanca y espaciosa bañera alcanza un nivel suficiente de agua -es muy grande para mí-, piensa. Huele su axila solo para corroborar la urgente necesidad de un baño. Corrige la temperatura, su piel no soporta las altas temperaturas, siente el agua moverse entre sus dedos mientras certifica su tibieza. Se desprende del ropaje de viajero y recuesta el cuerpo dentro del agua.
            De todas las posibles emociones su mente elige sentirse abrumada; Al día siguiente no tiene actividad definida, salir a conocer, no es la primera vez que viaja, pero si es la única sin compañía. Se pilla a si mismo con un nudo en el estómago ¿triste? No, asustado, emocionado. Nota como el ceño empieza a presionar, saca del agua su mano derecha, toca su frente, siente las arrugas que inconscientemente aparecieron segundos atrás. Presiona con el dedo medio y pulgar las sienes. Reprocha su sentir e intenta nuevamente vaciar su mente.
            ¿Y si me pierdo? No conozco la ciudad, no entiendo el idioma, no entiendo las señales ni letras, poca gente habla mi idioma o inglés. Detiene súbitamente su pensar y recuerda que su jefe al dejarlo en el hotel le entregó un móvil. Se regala media sonrisa, cuestionando la paranoia.
            ¿Qué hora será en México? Debe ser cerca del mediodía, podría llamar a alguien. ¡Enserio! Grita una vocecilla al fondo de su cabeza, haciendo callar a las demás, venir tan lejos y no poder soltar la rutina. En un intento por dejar la absurda conversación mental, se recuerda, que siempre ha argumentado “los viajes exterior deben ser al interior”.
            Medita, medita, relájate y pon la mente en blanco…
            Algo de música podría ayudar. ¿Cómo será la música aquí? Apuesto a que es chillona. Preguntaré a alguien sobre ello -retoma conversación la vocecilla-. Con actitud enfadada, se pone de pie, extiende el brazo izquierdo para alcanzar una afelpada bata de baño que cuelga de la pared, sale medio húmedo y dando brinquitos hasta el buró junto a su cama, seca sus dedos enérgicamente contra la bata, desconecta el celular y comienza a buscar algo para relajarse.
            Una guitarra española se hace escuchar desde el pequeño teléfono inteligente. ¡Para meditar Luigi! Se dice en voz alta en tono sarcástico.  Adelanta, adelanta, adelanta. La percusión suena, cadente, fluida, casi arrítmica. Dudoso, decide cambiar el intro de la música árabe, elige algo más tranquilo.
El chelo suena, hace su melancólica entrada. Luigi sonríe y regresa a la tina. El violín  responde con prisa, pasado unos instantes, la guitarra interviene sutilmente. Chapotea un poco y se pregunta cómo Yanni logra esa evolución de sonidos. Su corazón se exalta al escuchar la velocidad de las cuerdas, se combina el arpa con timbales, algún otro instrumento que no logra identificar, la trompeta llega a poner orden para después dejar que el violín recupere el protagonismo. Puede imaginar la disputa entre los dos instrumentos para ser el más veloz, cada vez más y más rápido, formando un hermosísimo, ansioso y melodioso instante; Cuando sus cuerdas cansadas no pueden más, terminan rendidas al unísono y justo después de una milésima de profundo silencio la gente estalla en aplausos. Simplemente su mejor concierto, afirma audiblemente Luigi.
            Se alegra de haber recuperado la calma. No hay nada que temer, soy la persona más afortunada que conozco. Se dice mientras sus ojos se cierran cansados.
Qué pasaría si un día despertaras y te dieras cuenta que todo lo que has vivido fue un sueño, ¿Cómo te sentirías? ¿Habría melancolía? ¿Alivio? ¿Añorarías todos esos años? Tenía la sensación en el cuerpo, como si cayera. Su mente estaba ya en otra parte.
            Al despertar frotas tu cabeza –continua sugiriendo la voz en su cabeza-. Te percatas que el cabello es diferente, observas tus manos y su piel se muestra más joven. La boca te sabe a cenicero. Recostado, miras sobre tu hombro hacia el mueblecillo, una luz parpadeante en rojo te dice que es hora de despertar.
            Tratas de hacer memoria y te percatas que todos esos recuerdos alegres y tristes se comienzan a esfumar. Ese lejano amor que regaló incontables lágrimas y sonrisas, pierde su rostro en un segundo. -Un huracán se forma en su abdomen, generando vacío-. ¿Lo volverías a hacer? Estas herido como nunca ¿lo volverías a hacer? Claro que lo volverías a hacer. Pequeño y cursi Luigi, claro que lo volverías a hacer.
Los dedos de sus pies fueron los primeros en notar que la temperatura del agua disminuía, abrió sus somnolientos ojos y sonrió ampliamente. Se puso de pie, tomó una ducha mientras dejaba correr el agua. Regreso a su cama, tras poner la alarma apagó la música y se metió entre las cobijas con el celular en la mano.
Claro que lo harías Luigi, buenas noches. Se decía, mientras se sentía arrastrado por el sueño.


Luigi

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