lunes, 3 de febrero de 2014

Cena en China

Hace algunos años tuve la hermosa oportunidad de viajar a Shanghái….
Ahí felizmente entre los veintitrés millones diecinueve mil ciento cuarenta y ocho habitantes de esa ciudad, un friolento Luigi se abre paso con bastante decisión y bastante más hambre, Gotye se cuelga en su oído y le susurra –Now  You are Just Somebody That i Use to Know- él, ofrece una media sonrisa en respuesta, tras una breve pausa para admirar un deshojado Sakura y recordar que en su país ese árbol lleva por nombre Flor de Cerezo, desvía su mirada a imponente  edificio, recupera el aliento y su andar, más que caminar, flotar.
 No hay mejor forma de sentirse pequeño e insignificante, como una ciudad de ese tamaño. Piernas de pétreos colosos intentando aplastar, mientras un río de gente te hala sin control, ni dirección; frío inclemente que no perdona su pálida piel, la llovizna que empapa el vidrio de los anteojos que le permiten ver. Haciendo un esfuerzo por recobrar la seguridad cambia el ritmo en su oído y selecciona algo más alegre.
Un pensamiento se cuela en su mente, toquetea todos los bolsillos de la abrigadora vestimenta, para asegurar trae consigo los dólares americanos que compró previamente en Guadalajara, encontrándolos en su bolsillo derecho. Por más que buscó, simplemente no había un lugar donde comprar Yuanes Chinos, así que, a falta de  divisa local, se encontraba bien armado de billetes verdes.
 Como su fluido mandarín se reduce a tres palabras y su prolongado ayuno comenzaba a tornarse doloroso, como para entretener la orden con un mesero,  decide ir a la más famosa e internacional cadena de hamburguesas. Después de escasas dos cuadras caminadas desde la partida de su hotel, alcanzaba a divisar, allá, entre los millones de incomprensibles anuncios, luces y cabezas azabache, a lo lejos, una “M” tan grande, ficticia y amarilla, la muchedumbre acercándose, circulando, más personas de las que su ojo pueda contar. 
Entra al colorido lugar y se detiene ante una hilera interminable de gente, cambia la música. Carlos Gardel le recuerda que su postura es de nuevo encorvada, se incorpora. Nota que su entorno es ruidoso y sonriente. ¿Será acaso que sus hamburguesas son tan buenas? Perdido entre las ideas sin sentido termina por percatarse que,  sorpresivamente la fila es más veloz de lo esperada. Para cuando había practicado tres veces en su mente, el más elaborado y mejor pronunciado saludo, ya alcanzaba a divisar las luminosas y bien fotografiadas hamburguesas.  
Una vez en mostrador un amable pero poco expresivo individuo de ojos rasgados se dirige a él en palabras incomprensibles para su oído latino, Luigi contesta con un sonido temeroso, más que una palabra, suena a un esbozo de siseo "nǐ hǎo" se escucha, e inclina cortésmente la cabeza. El individuo que porta la visera roja con la gran letra amarilla, al percatarse que la comunicación verbal no  será el medio para desarrollar esa interacción, sin contestar palabra, toma velozmente un pequeño menú adherido a una tabla y lo postra frente a la cara del confundido comprador.

Más, por evitar hacer explícita su inseguridad, que por antojo, señala el primer paquete que ve en la tablilla colmada de imágenes. Un paquete que incluye abundante ración de papas a la francesa y un refresco de  dieta, por aquello de mantener la línea, resulta ser su elección.

El vendedor hace un ruido que el interlocutor interpreta como el precio final de su compra.

Seguro de sí, mete la mano al bolsillo y saca de ahí un billete de diez dólares, cantidad que considera suficiente para cubrir, sus ya tan deseados alimentos.

“! No dólar! ¡No dólar!" Contesta el vendedor, agitando las manos y mostrándose ahora un poco inquieto. El experimentado viajero saca velozmente su plástico efectivo universal, sosteniendo entre el dedo índice y el medio, mostrando un bosquejo de insegura sonrisa. "¡No card! ¡No card! Rechazó efusivamente el ansioso oriental.

Confundido y hambriento, el protagonista de esta historia sale del establecimiento, esperando tener más suerte en cualquier otro lugar.

Después de tres horas caminando, la mayor parte de los establecimientos cerrados en la avenida principal del centro económico en esta gran ciudad, una anemia latente y la moral deshecha. Decide que es hora de regresar al lujoso hotel donde se hospedaba.

Unos cuantos pasos antes de entrar a los terrenos de su destino, un joven de aproximadamente 20 años se acerca a él, ofreciendo en inglés fluido, todo lo que un turista podría desear en aquel extraño y exótico país, desde electrodomésticos, baratijas, estupefacientes y otro tipo de entretenimientos más carnales, contando con previo conocimiento de estas personas y su manera de tratar a los extranjeros, Luigi de cara triste y derrotada, lo mira con la vista perdida y pregunta ¿sabes en donde podría encontrar algo de comer? donde pueda pagar con tarjeta o dólares americanos? A lo que el joven responde, todo menos comida amigo, pero si tal es tu hambre podrías visitar aquel establecimiento de la gran letra amarilla. A lo que Luigi contestó, con tono de enfado y juzgando la habilidad mental del susodicho,  su triste historia. El con una sonrisa amistosa en la cara contesta, si tal es el problema, en la recepción de tu hotel puedes cambiar cualquier moneda a la nuestra. 

Sintiéndose un poco idiota y tratando de abrazar humorísticamente su primera experiencia solitaria en China, se despide del amable contrabandista y dirige directamente a recepción.
Disculpe señorita, la podría molestar con el menú del servicio a la habitación, comentó el sonriente joven. Lo siento mucho señor, contestó la afable mujer, la cocina ya cerró, solo hay dumblings de aperitivo.


Luigi






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