Hace algunos años tuve la hermosa
oportunidad de viajar a Shanghái….
Ahí felizmente entre los
veintitrés millones diecinueve mil ciento cuarenta y ocho habitantes de esa
ciudad, un friolento Luigi se abre paso con bastante decisión y bastante más
hambre, Gotye se cuelga en su oído y le susurra –Now You are Just Somebody That i Use to Know- él,
ofrece una media sonrisa en respuesta, tras una breve pausa para admirar un
deshojado Sakura y recordar que en su país ese árbol lleva por nombre Flor de
Cerezo, desvía su mirada a imponente
edificio, recupera el aliento y su andar, más que caminar, flotar.
No hay mejor forma de sentirse pequeño e
insignificante, como una ciudad de ese tamaño. Piernas de pétreos colosos
intentando aplastar, mientras un río de gente te hala sin control, ni
dirección; frío inclemente que no perdona su pálida piel, la llovizna que empapa
el vidrio de los anteojos que le permiten ver. Haciendo un esfuerzo por
recobrar la seguridad cambia el ritmo en su oído y selecciona algo más alegre.
Un pensamiento se cuela en su
mente, toquetea todos los bolsillos de la abrigadora vestimenta, para asegurar
trae consigo los dólares americanos que compró previamente en Guadalajara,
encontrándolos en su bolsillo derecho. Por más que buscó, simplemente no había
un lugar donde comprar Yuanes Chinos, así que, a falta de divisa local, se encontraba bien armado de
billetes verdes.
Como su fluido mandarín se reduce a tres
palabras y su prolongado ayuno comenzaba a tornarse doloroso, como para
entretener la orden con un mesero,
decide ir a la más famosa e internacional cadena de hamburguesas.
Después de escasas dos cuadras caminadas desde la partida de su hotel,
alcanzaba a divisar, allá, entre los millones de incomprensibles anuncios,
luces y cabezas azabache, a lo lejos, una “M” tan grande, ficticia y amarilla,
la muchedumbre acercándose, circulando, más personas de las que su ojo pueda
contar.
Entra al colorido lugar y se detiene ante una hilera interminable de gente, cambia la música. Carlos Gardel le
recuerda que su postura es de nuevo encorvada, se incorpora. Nota que su
entorno es ruidoso y sonriente. ¿Será acaso que sus hamburguesas son tan
buenas? Perdido entre las ideas sin sentido termina por percatarse que, sorpresivamente la fila es más veloz de lo esperada.
Para cuando había practicado tres veces en su mente, el más elaborado y mejor
pronunciado saludo, ya alcanzaba a divisar las luminosas y bien fotografiadas
hamburguesas.
Una vez en mostrador un amable
pero poco expresivo individuo de ojos rasgados se dirige a él en palabras
incomprensibles para su oído latino, Luigi contesta con un sonido temeroso, más
que una palabra, suena a un esbozo de siseo "nǐ hǎo" se escucha, e
inclina cortésmente la cabeza. El individuo que porta la visera roja con la gran
letra amarilla, al percatarse que la comunicación verbal no será el medio para desarrollar esa
interacción, sin contestar palabra, toma velozmente un pequeño menú adherido a
una tabla y lo postra frente a la cara del confundido comprador.
Más, por evitar hacer explícita
su inseguridad, que por antojo, señala el primer paquete que ve en la tablilla
colmada de imágenes. Un paquete que incluye abundante ración de papas a la
francesa y un refresco de dieta, por
aquello de mantener la línea, resulta ser su elección.
El vendedor hace un ruido que el
interlocutor interpreta como el precio final de su compra.
Seguro de sí, mete la mano al
bolsillo y saca de ahí un billete de diez dólares, cantidad que considera
suficiente para cubrir, sus ya tan deseados alimentos.
“! No dólar! ¡No dólar!"
Contesta el vendedor, agitando las manos y mostrándose ahora un poco inquieto.
El experimentado viajero saca velozmente su plástico efectivo universal,
sosteniendo entre el dedo índice y el medio, mostrando un bosquejo de insegura
sonrisa. "¡No card! ¡No card! Rechazó efusivamente el ansioso oriental.
Confundido y hambriento, el
protagonista de esta historia sale del establecimiento, esperando tener más
suerte en cualquier otro lugar.
Después de tres horas caminando,
la mayor parte de los establecimientos cerrados en la avenida principal del
centro económico en esta gran ciudad, una anemia latente y la moral deshecha.
Decide que es hora de regresar al lujoso hotel donde se hospedaba.
Unos cuantos pasos antes de
entrar a los terrenos de su destino, un joven de aproximadamente 20 años se
acerca a él, ofreciendo en inglés fluido, todo lo que un turista podría desear
en aquel extraño y exótico país, desde electrodomésticos, baratijas,
estupefacientes y otro tipo de entretenimientos más carnales, contando con previo
conocimiento de estas personas y su manera de tratar a los extranjeros, Luigi de cara triste y derrotada, lo mira con la vista perdida y pregunta ¿sabes en
donde podría encontrar algo de comer? donde pueda pagar con tarjeta o dólares
americanos? A lo que el joven responde, todo menos comida amigo, pero si tal es
tu hambre podrías visitar aquel establecimiento de la gran letra amarilla. A lo
que Luigi contestó, con tono de enfado y juzgando la habilidad mental del susodicho, su triste historia. El con una
sonrisa amistosa en la cara contesta, si tal es el problema, en la recepción de
tu hotel puedes cambiar cualquier moneda a la nuestra.
Sintiéndose un poco idiota y
tratando de abrazar humorísticamente su primera experiencia solitaria en China,
se despide del amable contrabandista y dirige directamente a recepción.
Disculpe señorita, la podría
molestar con el menú del servicio a la habitación, comentó el sonriente joven.
Lo siento mucho señor, contestó la afable mujer, la cocina ya cerró, solo hay
dumblings de aperitivo.
Luigi

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