martes, 4 de marzo de 2014

Lady Leticia y la Doncella Irene


Hace muchos, muchos años, en la extensa planicie, pasando los verdes bosques, los anchos ríos y la abundante agua del reino mágico, en el castillo de los libros, existió una joven pareja; Sir Edward el Bondadoso y Hermenegilda la Bella. Producto de este amor nació Lady Leticia, una hermosa y alegre niñita.
                Un tiempo después, el día de su décimo tercer aniversario, Lady Leticia tuvo su primer fiesta de cumpleaños con todo el reino, hubo festejos previos, pero este era único, por incluir a todos los integrantes de su amada tierra.
                Al terminar la fiesta con gran pastel, lechones de manzana en boca y confites, Los padres de Leticia acompañaron a su dulce niña hasta el umbral de su alcoba, contemplando a su sonriente hija mientras se dormía, iluminada por la gran luna plateada.
                Al salir de la habitación, la niña, como hipnotizada, giró su cuerpo, se sentó al borde de la cama en dirección al refulgente satélite.
                Mientras sus párpados cerrados, temblaban, como si estuviera soñando, un viento repentino invadió la habitación;  su negro y largo cabello revoloteó grácilmente. Tras un largo suspiro, la luz lunar, que iluminaba su cuerpo, se fue cerrando cada vez más y más, el pequeño y circular halo de luz relució únicamente en su frente. Un suspiro más, abrió los ojos y sintió una leve quemazón en el cuello tras la oreja izquierda.
                Caminó hacia el gran espejo junto al vestidor. Notó que todo en derredor emanaba un dulce olor a jazmín.  Confundida y un poco asustada llamó a su madre. Al encontrarse sus padres tan cerca, entraron en la habitación casi al instante.
                Encontraron a su pequeña hija mirando su cuello, turbada. – ¡Madre, padre, que es esto! revisaba la pequeña marca lunar de su piel en el espejo. Se acercó su madre y tomó suavemente su cabello.
                La Madre Luna te ha ungido con la dote ¡te ha escogido!, -dijo la madre en emocionados sollozos-, giró para mirar a su marido y continuó –tiene la marca menguante, ¡la tiene!-.
                La extrañada muchacha miró a su padre buscando alguna respuesta más certera. –Madre Luna quiere que sepas que confía en ti- intervino el progenitor.
                -¿Confía? ¿A qué te refieres padre?- dijo la niña mostrando su confusión subiendo de tono su pálido rostro. 
                -Madre Luna busca en cada reino a la niña con mayor inteligencia y aptitudes. Estas niñas son quienes procuran los ciclos en su tierra. Tu humor será su clima. Tu llanto nuestras lluvias, tu felicidad las primaveras; Los caprichos, huracanes.-
                La niña soltó en llanto, no soportaba la idea de reflejar su infantil cordura sobre toda su gente. – ¿por qué Madre Luna haría tal cosa? ¿No sabe que solo soy una niña? mi vida apenas comienza ¡Soy tonta e inexperta!-.
                -muy por el contrario pequeña- dijo la madre, -ha visto en ti gran inteligencia, no juzgues sus decisiones ya que solo ella sabe el motivo de las mismas.-
                Inconsolable y envuelta en lamentos, la niña regresó a su cama cayendo en un profundo sueño de dragones, brujas y persecución.  
                Fue al despertar cuando notó que  su madre la esperaba junto a la cama y esta le informó que los fuertes vientos y la torrencial lluvia había traído gran desgracia a su reino. Al escuchar esto Lady Leticia se vio sumida en una gran tristeza y pudo ver a través de la ventana como las nubes se tornaban más y más oscuras.
                -Leticia, mi pequeña Leticia, existe alguien que pasa por tu situación su nombre es Irene, vive en el bosque de los sátiros- dijo su dulce madre.
                -Los sátiros son peligrosos madre, no me atrevería ir ahí sin escolta.- interpuso la pequeña, -son violentos y entre sus juegos arriesgan la vida de quien cruza sus territorios ¿Qué haría una pequeña como yo ahí?-
                -Recuerda quien eres, pequeña, nadie se atrevería a herir a quien domina los vientos. Tu poder se extiende al reino, pero afecta el entorno en donde estés. Anda hija, ve y visita a Irene.-
                Así pues la niña montó su negro corcel y diestra en su montura, salió a trote, conforme el galope aumentaba las nubes y su espíritu comenzaban a clarear. Cabalgar, desde que aprendió a hacerlo la tranquilizaba. Siguió su camino hasta bordear la tupida frondosidad. Su caballo reparó, se sentía intimidado frente al gran muro de altos pinos.
                La joven bajó del corcel con insólita habilidad y pudo sentir incontables miradas postrándose sobre la piel. Acercó sus sigilosos pasos hacia el obscuro paraje.  
                -Soy Lady Leticia, ungida y señalada con la marca menguante, no se atreváis a impedir mi vía, aquel que ayude en mi camino se verá recompensado. Me dirijo hacia el hogar de la doncella llamada Irene.-
                Un tímido sátiro asomó sus cuernecillos. -Buen día Lady, la esperábamos, por favor sígame- Leticia, con fingido valor ató su corcel y se adentró en el bosque sin decir palabra alguna.
                Siguió caminando por el bosque, adentrándose cada vez más.
                Después de un considerable tiempo en silencio, la joven decidió conversar con el pequeñín. -¿Cuál es tu nombre? –Pietro-, contestó la velluda creatura, -ya no falta mucho por llegar, es aquel  gigantesco pino-.
                Más tarde se encontraban frente al inmenso árbol. Leticia se acercó al sátiro y le dio un tierno beso.- si hay forma en que pueda agradecer tu amabilidad, solo menciónala- de ninguna forma, interrumpió Pietro, el haberla conocido es mayor paga que cualquier material existente.
                En dos saltitos el sátiro se ocultó entre el verde follaje. Lady Leticia se aproximó al árbol, toco su rugoso tronco y llamó en voz alta a Irene, quien la sorprendió con un cortés saludo en su espalda.
                -Buen día dulce doncella, mi madre me ha contado que sufres del mismo mal que me acongoja. Eso me ha traído hasta aquí, es de vital importancia que me ayudes a deshacer este embrujo.- dijo presurosamente Leticia.
                -¿Embrujo? ¿Deshacer? ¡Oh mi dulce niña! esto no es hechizo o algo reversible, será tu vida y camino. Tu motivo para seguir y algún día se convertirá en tu mayor dicha. Es cierto que habrá días en que desates huracanes, momentos en que tus rabietas inunden valles y provoquen ventiscas. Eso es vivir, eso es sentir.-
                -Pero Irene, no me interesa cargar con tal responsabilidad, acaso no hay forma de detener esta maldición, sólo soy una niña que no puede cargar con su pesado morral.- intervino Leticia inundando sus ojos de lágrimas y obligándose a mantener la calma para no provocar algún inconveniente.
                -Madre Luna es sabia, y conoce tus aptitudes, tu presente, lo que fue y será. Sólo recuerda, La inteligencia no viene con sabiduría. La sabiduría habla de conciencia, de espíritu, de acción. Sin sabiduría solo eres un gran cajón que guarda conocimiento. Sabiduría es práctica.-
                -El astro Madre, no tiene interés en destruir tu existencia llenándote de responsabilidad, lo que has recibido es una bendición, te acompañara hasta el final de tus días. El ciclo vital se conforma de días soleados y generosas lluvias. Usa a favor de tu gente toda tu habilidad, los días de molestia abona de negrura los cultivos. ¿Qué ves a tu alrededor?
                El bosque, -contestó la recién ungida-.
                -Lo que ves a tu alrededor no es el bosque, son sólo unos cuantos árboles. Llegará el día en que creas y digas ¡Yo soy el bosque! En eso estarás equivocada, llevarás tanto tiempo viendo crecer todo a tu alrededor que llegará el punto en que los árboles te impidan ver el bosque. El bosque es todo lo que lo conforma, no sólo quien nació con la habilidad de modificarlo.
                Dicho lo anterior, Irene desapareció para nunca más ser vista por los ojos de Leticia.

                Entendió claramente que podría pasar su vida ahogando a su gente y a sí misma, correr y tratar de escapar de su destino o caminar admirando el paisaje, reconociendo el suelo donde pisa y embelleciendo su entorno, generando vida, siendo vida. 

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