miércoles, 5 de febrero de 2014

Día de compras en China

No existe mayor y más pintoresca tradición en China que la venta de artículos de dudosa procedencia. Luigi se sentía confiado sobre el cómo sería el desarrollo de su visita al mercado de chácharas, en Shanghái. Un Día antes, Jo y Kev, dos de sus compañeros en la oficina, ofrecieron acompañarlo de compras y ayudar con la traducción. Sin nada que temer, se adentra en la colosal estructura.
                Una gravísima nota femenina silenciaba todo en rededor, la cacofonía pugnaba en su mente, desconcertado no le era posible decidir si le resulta molesta o agradable. El tipo de sonido que se juzga y evita tener en la lista de reproducción. ¿Qué es esa música? Preguntó a Jo sarcásticamente, Ópera china, contestó la atractiva compañera, pasando desapercibida  la mueca irónica.
Tras unos pasos la impresión lo detiene un instante,  nunca en su vida vio tal cantidad de locales y cosas juntas. Es normal en su país el comercio informal, donde los changarros se enciman y el pescado se promociona junto a los discos de dos por cincuenta y cuatro por ochenta. En este mercado no se vende comida, únicamente productos chinos no perecederos, es decir, todo lo que su mente podría imaginar.
 Diversos sentimientos invaden su ser; emocionado por la infinidad de posibilidades frente a sus ojos, poderoso, por creer tener dinero suficiente para comprar todo lo deseado, feliz de no tener pareja en quien gastar, ansioso por comprar. Recordó los llaveros y encargos prometidos, y por terminó por sentirse frustrado y molesto, por no haber traído desde México una maleta más grande.
La calidez de aquel lugar se empieza a hacer manifiesta, retira bufanda, guantes y gorro. Se percata que el frío sigue en la punta de su nariz, toquetea la protuberancia del rostro y mira hacia un espejo colocado especialmente para que los clientes se decidan entre las miles opciones de los coloridos lentes. Su pupila dilata al sentir deseo por probarlos todos, tras una breve pausa, ignora su instinto y continua.
Un hermoso juego de té color barro llama su atención. Seguro su madre amaría algo así, la cree conocer bien. ¿Tal vez, sea mejor algo más pequeño? Algo transportable, además no es el tipo de cosas que su ocupada progenitora pueda o quiera usar más de 10 veces en la vida.  La caja en que viene es de madera color cobre y dentro recubierta de brillante satín que destaca las diminutas tazas, debe ser carísima, se decía, mientras inconscientemente, pregunta lo más claro posible,  por el precio  en inglés.
 No se da cuenta que está dando el primer paso a el submundo de Asia, que, con esa frase declara la guerra e iniciaba la primera de sus batallas, para ganar la estratagema del mejor y más justo precio.
Doscientos Yuanes mi amigo, ¿de dónde nos visitas? contestó el encargado  del pintoresco lugar. Sonriente, por el inesperado y asequible precio, se imaginó comprando un juego de té para sí también, contestó a la pregunta. En ese momento Jo interrumpe la plática y  dice al oído de Luigi, en un susurro apenas audible; deja que Kev haga el trato. Recordó la advertencia que su jefe hizo días atrás, “siempre regatea”.
Kev, el alegre joven de nerviosa sonrisa, se acerca al vendedor de  forma un tanto grosera, vocifera  palabras ininteligibles, casi chillonas, Luigi sonríe al recordar la cantante de ópera. Pasados unos segundos Jo continua susurrando a su oído. Kev dice que intenta robarte porque eres extranjero. El vendedor se molesta de inmediato. Kev eleva el tono, Jo sonríe y comenta, el hombre está pidiendo que des el precio que consideres justo. ¿Cualquier precio? Preguntó el foráneo confundido. Lo justo, contestó Jo. Dudoso, estimó ciento cincuenta Yuanes, Jo expuso la propuesta a kev, este último compartió un par de palabras más, se dio la vuelta victoriosamente sonriente y dijo a manera de secreto, son  ciento veinte Yuanes. Acto seguido, Kev se aleja para ver más de cerca un gato cerámico blanco que mueve la pata rítmicamente junto a su cabeza.
 Confundido, saca el dinero, paga y toma la bolsa que contiene el hermoso y cobrizo empaque,  se marcha con un sentimiento extraño, de culpa, de hurto ¿en realidad hizo algo malo? Pasaron solo unos segundos, para que Jo hablara de lo sucedido. Kev bajó la oferta a cien Yuanes, el vendedor contrapropuso ciento treinta y Kev a su vez, bajó de nuevo a ciento veinte. En todos los puestos será necesario regatear, explicó Jo; los vendedores son ladrones, malas personas, quieren abusar del pobre e indefenso extranjero y debemos acabar con sus ganancias por nuestro propio bien y salvación (en realidad no fue tan explícita, pero eso fue lo que entendió Luigi).
Su guerrero interno corre al closet y ahora viste un “Gung-fu saam” prenda de Kung fu y regateo en mercados de baratija.
Pasados unas cuantas compras, Luigi decide que es tiempo de defender su propia causa y pide a Kev, le dé oportunidad de hacer la transacción él sólo, así pues, nuestro valiente guerrero, se acerca a comprar una bocina, olvidando todos sus modales, simplemente se acerca y dice, ¿Cuánto? La coqueta y tímida tendera, responde con premura una cantidad por encima de los cuatrocientos Yuanes.
El gesticuloso joven hace una sobre actuada mueca de horror y contesta, ciento cincuenta, mientras modifica su expresión a una retadora. Jo lo mira, se acerca y dice en su español de marcado acento; mucho, no querrá.  La vendedora se muestra ofendida y contesta que es imposible, trecientos cincuenta es lo menos, a lo que Luigi contesta un tanto divertido, ciento sesenta. Tú me quieres robar, contestó la ofendida muchacha. Luigi sonríe y menciona de forma clara y desganada, ciento setenta, no lo necesito, si no puedes dar el precio que oferto, no hay ningún problema, dicho esto sonríe nuevamente y se retira.
Jo toma el brazo de Luigi mientras camina y comenta a manera de broma ¡te lo dije!... Dos segundos más tarde la Joven vendedora alcanza a los alegres  compradores y mientras expresa su descontento externa su última propuesta, doscientos Yuanes. Luigi únicamente contesta, como dije, no lo necesito, ciento setenta. Ciento setenta y cinco, respondió molesta. ¡Hecho! Jo no lograba contener la risa, mientras Kev abría la boca de asombro.
El tigre y el dragón se enfrentaron en repetidas ocasiones esa tarde. Las batallas por corbatas de quince Yuanes, palillos chinos para niño, y plumas del monte blanco alpino.
Cuando la mercancía empezaba a marcarse en las muñecas, por el pesado cargamento en bolsas plásticas multicolor. Luigi se preguntaba si ya había sido suficiente. Un misterioso vendedor, se acercó ofreciendo mercancía de calidad. Cuando Kev se acercaba a alejar al insistente vendedor, Luigi hizo un gesto para que este no fuera interrumpido.
De donde eres amigo, preguntó. México, dijo sonriente Luigi después de haber respondido cien veces en ese día la tediosa pregunta. Español, habla español, conozco español; decía el amable comerciante mientras sacaba un celular para mostrar una fotografía donde se muestra él junto a un famoso jugador de tenis español, cargando entre sus torneados brazos diversas, elegantes y costosas bolsas de mujer.
Si Nadal compra con él, no debe ser tan malo, pensó el inexperto comprador, sin tomar en cuenta que este famoso tenista gana millones de dólares al año. Decidió seguir al mercader que le ofrecía visitar su tienda en la planta superior.
Entra a una tienda tapizada de anteojos, espejos, aparadores y poca gente, muy poca gente. Una vez dentro de la tienda, miró a Luigi y dijo; tus amigos se quedan aquí. Como salido de alguna película, sigilosamente desliza una pared que sostenía al menos un ciento de lentes multicolor, sin entender nada, pero lleno de curiosidad, Luigi se acercó a la pared y comprendió que se trataba de un mecanismo perfectamente ensamblado al muro para disimular una puerta.
Adelante, alguna de nuestras muchachas lo atenderá…
Aún más confundido, entra al angosto pasillo y observa, no más de un metro de ancho era el espacio de aquel lugar secreto, 10 pasos cortos más adelante gira hacia la Derecha, y continua diez pasos más. Las paredes, aparador rescatado del sueño de cualquier mujer, bolsas de todas las marcas en todos los tonos y tamaños. Abarrotado de personas; distintas nacionalidades y credos, se escuchan voces en francés, alemán, italiano y algún otro idioma oriental, allá al fondo una voz española le arrancó una sonrisa -¡Joder, tío! Me siento como niña en dulcería- decía la entusiasmada dama al hombre que tomaba del brazo.  Le puedo ayudar en algo, intervino una menuda muchachita, sacándolo por sorpresa de sus pensamientos.
 Recobrando la postura de comprador experimentado, tratando de oler el miedo en su oponente, pregunta a la joven, ¿Tiene algo más, aparte de bolsas?
Claro, permítame un segundo.  Por lo pronto le dejo estos catálogos, por si ve algo que llame su atención. La joven dio una buena cantidad de revistas desgastadas por excesivo uso, con nombres conocidos y costosos en portada. Son los catálogos originales, eso es algo de lo que tenemos en existencia, concluyó la mujer en perfecto castellano, al marcharse.
Tras un par de minutos, regresó y dijo; habéis visto algo de su interés. En realidad no, contestó, mientras veía con lujuriosa mirada las manecillas montadas en el armazón plateado con extensible en caucho. Sólo por curiosidad, cual es el precio de este reloj. Mil Yuanes joven, Luigi repitió la rutina de regateo pero esta vez no veía que fuera a funcionar ya que solo lograba un precio mínimo de ochocientos.
Tenía que hacer algo para poner la balanza a su favor, así que blofear sería la estrategia, mire señorita tengo intención de comprar varios y no pienso perder mi tiempo, se está haciendo tarde, me podría abrir la puerta por favor. Los ojos de la pequeña oriental abrieron cual flor en primavera. ¿Varios, dice? Así es, mínimo diez.   Su cabeza no entendía que estaba pasando, hablaba por hablar cuando en realidad quería salir corriendo de ese lugar.
Alguien llegó y extendió su mano para ofrecer unos rollos plásticos que al desplegar resultaron ser relojes, brillantes y seductores, relojes.
De inmediato identificó el anhelado mecanismo de tiempo de entre los demás e intenta ser fuerte. Al ver que no da su brazo a torcer, la vendedora le dice enigmáticamente. Venga, acompáñeme. Lo llevó por el pasillo hasta el final, tras mirar en toda dirección empuja el anaquel frente al cual se encentran parados. Justo cuando se sentía James Bond, se dio cuenta que no había llegado al tope de la clandestinidad.  
Un estrechísimo pasillo se extendió hacia su derecha y tras él, solo escuchó, lo dejo aquí sólo para que vea nuestra extensa variedad, escoja y platicamos en unos minutos. Dicho esto, cerró tras de sí el falso panel.
Impecables réplicas de ilusión y prestigio, sentimientos encontrados invadían su ser.  De inmediato vio los perfectos regalos para sus hermanas y madre. Si lograra conseguir un buen precio podría llevar también otros dos para él. Revisó su cartera y contó mentalmente el triste rastro de abundancia que quedaba restante. Tras unos minutos, entra la joven nuevamente con la misma cautela.
¿Qué decidió joven, cuáles llevará?
Cuanto por estos cinco, contestó. Cuatro mil ochocientos Yuanes. Pero, es mucho dinero, rebatió Luigi ofendido. Usted dijo que compraría el doble de producto, no puedo mejorar el precio. Pues solo traigo mil ochocientos, que pienso gastar en mis últimos cinco regalos, así que por favor, permítame salir. Internamente deseaba que no aceptara la oferta, la avaricia cegaba su juicio. ¡Hecho! contestó la mujer.
Finalmente logró salir de ese intimidante lugar para reencontrarse con sus amigos. Luigi orgulloso de su gran compra, temblaba un poco por la emoción de la pugna. Sin saber, que unos meses más tarde, lo único que no se rompería  y seguiría siendo útil, de todo lo comprado, fueran aquellas corbatas tan baratas y el juego de té sigue inmaculadamente nuevo en su caja, dentro de algún cajón. Lo barato sale caro, pero viene disfrazado con atuendo de victoria.

Luigi 



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