No existe mayor y más pintoresca tradición
en China que la venta de artículos de dudosa procedencia. Luigi se sentía
confiado sobre el cómo sería el desarrollo de su visita al mercado de chácharas,
en Shanghái. Un Día antes, Jo y Kev, dos de sus compañeros en la oficina,
ofrecieron acompañarlo de compras y ayudar con la traducción. Sin nada que
temer, se adentra en la colosal estructura.
Una
gravísima nota femenina silenciaba todo en rededor, la cacofonía pugnaba en su
mente, desconcertado no le era posible decidir si le resulta molesta o
agradable. El tipo de sonido que se juzga y evita tener en la lista de
reproducción. ¿Qué es esa música? Preguntó a Jo sarcásticamente, Ópera china, contestó
la atractiva compañera, pasando desapercibida la mueca irónica.
Tras unos
pasos la impresión lo detiene un instante, nunca en su vida vio tal cantidad de locales y
cosas juntas. Es normal en su país el comercio informal, donde los changarros
se enciman y el pescado se promociona junto a los discos de dos por cincuenta y
cuatro por ochenta. En este mercado no se vende comida, únicamente productos chinos
no perecederos, es decir, todo lo que su mente podría imaginar.
Diversos sentimientos invaden su ser;
emocionado por la infinidad de posibilidades frente a sus ojos, poderoso, por creer
tener dinero suficiente para comprar todo lo deseado, feliz de no tener pareja
en quien gastar, ansioso por comprar. Recordó los llaveros y encargos
prometidos, y por terminó por sentirse frustrado y molesto, por no haber traído
desde México una maleta más grande.
La calidez de
aquel lugar se empieza a hacer manifiesta, retira bufanda, guantes y gorro. Se
percata que el frío sigue en la punta de su nariz, toquetea la protuberancia del
rostro y mira hacia un espejo colocado especialmente para que los clientes se
decidan entre las miles opciones de los coloridos lentes. Su pupila dilata al
sentir deseo por probarlos todos, tras una breve pausa, ignora su instinto y
continua.
Un hermoso
juego de té color barro llama su atención. Seguro su madre amaría algo así, la
cree conocer bien. ¿Tal vez, sea mejor algo más pequeño? Algo transportable,
además no es el tipo de cosas que su ocupada progenitora pueda o quiera usar
más de 10 veces en la vida. La caja en
que viene es de madera color cobre y dentro recubierta de brillante satín que destaca
las diminutas tazas, debe ser carísima, se decía, mientras inconscientemente,
pregunta lo más claro posible, por el
precio en inglés.
No se da cuenta que está dando el primer paso
a el submundo de Asia, que, con esa frase declara la guerra e iniciaba la
primera de sus batallas, para ganar la estratagema del mejor y más justo
precio.
Doscientos Yuanes
mi amigo, ¿de dónde nos visitas? contestó el encargado del pintoresco lugar. Sonriente, por el inesperado
y asequible precio, se imaginó comprando un juego de té para sí también, contestó
a la pregunta. En ese momento Jo interrumpe la plática y dice al oído de Luigi, en un susurro apenas
audible; deja que Kev haga el trato. Recordó la advertencia que su jefe hizo días
atrás, “siempre regatea”.
Kev, el alegre
joven de nerviosa sonrisa, se acerca al vendedor de forma un tanto grosera, vocifera palabras ininteligibles, casi chillonas,
Luigi sonríe al recordar la cantante de ópera. Pasados unos segundos Jo continua
susurrando a su oído. Kev dice que intenta robarte porque eres extranjero. El
vendedor se molesta de inmediato. Kev eleva el tono, Jo sonríe y comenta, el
hombre está pidiendo que des el precio que consideres justo. ¿Cualquier precio?
Preguntó el foráneo confundido. Lo justo, contestó Jo. Dudoso, estimó ciento
cincuenta Yuanes, Jo expuso la propuesta a kev, este último compartió un par de
palabras más, se dio la vuelta victoriosamente sonriente y dijo a manera de
secreto, son ciento veinte Yuanes. Acto
seguido, Kev se aleja para ver más de cerca un gato cerámico blanco que mueve
la pata rítmicamente junto a su cabeza.
Confundido, saca el dinero, paga y toma la
bolsa que contiene el hermoso y cobrizo empaque, se marcha con un sentimiento extraño, de
culpa, de hurto ¿en realidad hizo algo malo? Pasaron solo unos segundos, para
que Jo hablara de lo sucedido. Kev bajó la oferta a cien Yuanes, el vendedor
contrapropuso ciento treinta y Kev a su vez, bajó de nuevo a ciento veinte. En
todos los puestos será necesario regatear, explicó Jo; los vendedores son
ladrones, malas personas, quieren abusar del pobre e indefenso extranjero y debemos
acabar con sus ganancias por nuestro propio bien y salvación (en realidad no
fue tan explícita, pero eso fue lo que entendió Luigi).
Su guerrero
interno corre al closet y ahora viste un “Gung-fu saam” prenda de Kung fu y
regateo en mercados de baratija.
Pasados unas
cuantas compras, Luigi decide que es tiempo de defender su propia causa y pide
a Kev, le dé oportunidad de hacer la transacción él sólo, así pues, nuestro
valiente guerrero, se acerca a comprar una bocina, olvidando todos sus modales,
simplemente se acerca y dice, ¿Cuánto? La coqueta y tímida tendera, responde
con premura una cantidad por encima de los cuatrocientos Yuanes.
El gesticuloso
joven hace una sobre actuada mueca de horror y contesta, ciento cincuenta,
mientras modifica su expresión a una retadora. Jo lo mira, se acerca y dice en
su español de marcado acento; mucho, no querrá.
La vendedora se muestra ofendida y contesta que es imposible, trecientos
cincuenta es lo menos, a lo que Luigi contesta un tanto divertido, ciento
sesenta. Tú me quieres robar, contestó la ofendida muchacha. Luigi sonríe y
menciona de forma clara y desganada, ciento setenta, no lo necesito, si no puedes
dar el precio que oferto, no hay ningún problema, dicho esto sonríe nuevamente
y se retira.
Jo toma el
brazo de Luigi mientras camina y comenta a manera de broma ¡te lo dije!... Dos
segundos más tarde la Joven vendedora alcanza a los alegres compradores y mientras expresa su descontento
externa su última propuesta, doscientos Yuanes. Luigi únicamente contesta, como
dije, no lo necesito, ciento setenta. Ciento setenta y cinco, respondió
molesta. ¡Hecho! Jo no lograba contener la risa, mientras Kev abría la boca de
asombro.
El tigre y el
dragón se enfrentaron en repetidas ocasiones esa tarde. Las batallas por
corbatas de quince Yuanes, palillos chinos para niño, y plumas del monte blanco
alpino.
Cuando la
mercancía empezaba a marcarse en las muñecas, por el pesado cargamento en
bolsas plásticas multicolor. Luigi se preguntaba si ya había sido suficiente. Un
misterioso vendedor, se acercó ofreciendo mercancía de calidad. Cuando Kev se
acercaba a alejar al insistente vendedor, Luigi hizo un gesto para que este no
fuera interrumpido.
De donde eres
amigo, preguntó. México, dijo sonriente Luigi después de haber respondido cien
veces en ese día la tediosa pregunta. Español, habla español, conozco español;
decía el amable comerciante mientras sacaba un celular para mostrar una
fotografía donde se muestra él junto a un famoso jugador de tenis español,
cargando entre sus torneados brazos diversas, elegantes y costosas bolsas de
mujer.
Si Nadal
compra con él, no debe ser tan malo, pensó el inexperto comprador, sin tomar en
cuenta que este famoso tenista gana millones de dólares al año. Decidió seguir
al mercader que le ofrecía visitar su tienda en la planta superior.
Entra a una
tienda tapizada de anteojos, espejos, aparadores y poca gente, muy poca gente.
Una vez dentro de la tienda, miró a Luigi y dijo; tus amigos se quedan aquí.
Como salido de alguna película, sigilosamente desliza una pared que sostenía al
menos un ciento de lentes multicolor, sin entender nada, pero lleno de
curiosidad, Luigi se acercó a la pared y comprendió que se trataba de un mecanismo
perfectamente ensamblado al muro para disimular una puerta.
Adelante,
alguna de nuestras muchachas lo atenderá…
Aún más
confundido, entra al angosto pasillo y observa, no más de un metro de ancho era
el espacio de aquel lugar secreto, 10 pasos cortos más adelante gira hacia la
Derecha, y continua diez pasos más. Las paredes, aparador rescatado del sueño
de cualquier mujer, bolsas de todas las marcas en todos los tonos y tamaños.
Abarrotado de personas; distintas nacionalidades y credos, se escuchan voces en
francés, alemán, italiano y algún otro idioma oriental, allá al fondo una voz
española le arrancó una sonrisa -¡Joder, tío! Me siento como niña en dulcería-
decía la entusiasmada dama al hombre que tomaba del brazo. Le puedo ayudar en algo, intervino una menuda
muchachita, sacándolo por sorpresa de sus pensamientos.
Recobrando la postura de comprador
experimentado, tratando de oler el miedo en su oponente, pregunta a la joven,
¿Tiene algo más, aparte de bolsas?
Claro,
permítame un segundo. Por lo pronto le
dejo estos catálogos, por si ve algo que llame su atención. La joven dio una
buena cantidad de revistas desgastadas por excesivo uso, con nombres conocidos
y costosos en portada. Son los catálogos originales, eso es algo de lo que
tenemos en existencia, concluyó la mujer en perfecto castellano, al marcharse.
Tras un par de
minutos, regresó y dijo; habéis visto algo de su interés. En realidad no,
contestó, mientras veía con lujuriosa mirada las manecillas montadas en el
armazón plateado con extensible en caucho. Sólo por curiosidad, cual es el
precio de este reloj. Mil Yuanes joven, Luigi repitió la rutina de regateo pero
esta vez no veía que fuera a funcionar ya que solo lograba un precio mínimo de
ochocientos.
Tenía que
hacer algo para poner la balanza a su favor, así que blofear sería la
estrategia, mire señorita tengo intención de comprar varios y no pienso perder
mi tiempo, se está haciendo tarde, me podría abrir la puerta por favor. Los
ojos de la pequeña oriental abrieron cual flor en primavera. ¿Varios, dice? Así
es, mínimo diez. Su cabeza no entendía
que estaba pasando, hablaba por hablar cuando en realidad quería salir corriendo
de ese lugar.
Alguien llegó
y extendió su mano para ofrecer unos rollos plásticos que al desplegar
resultaron ser relojes, brillantes y seductores, relojes.
De inmediato
identificó el anhelado mecanismo de tiempo de entre los demás e intenta ser
fuerte. Al ver que no da su brazo a torcer, la vendedora le dice enigmáticamente.
Venga, acompáñeme. Lo llevó por el pasillo hasta el final, tras mirar en toda
dirección empuja el anaquel frente al cual se encentran parados. Justo cuando
se sentía James Bond, se dio cuenta que no había llegado al tope de la clandestinidad.
Un
estrechísimo pasillo se extendió hacia su derecha y tras él, solo escuchó, lo
dejo aquí sólo para que vea nuestra extensa variedad, escoja y platicamos en
unos minutos. Dicho esto, cerró tras de sí el falso panel.
Impecables
réplicas de ilusión y prestigio, sentimientos encontrados invadían su ser. De inmediato vio los perfectos regalos para
sus hermanas y madre. Si lograra conseguir un buen precio podría llevar también
otros dos para él. Revisó su cartera y contó mentalmente el triste rastro de
abundancia que quedaba restante. Tras unos minutos, entra la joven nuevamente
con la misma cautela.
¿Qué decidió
joven, cuáles llevará?
Cuanto por
estos cinco, contestó. Cuatro mil ochocientos Yuanes. Pero, es mucho dinero,
rebatió Luigi ofendido. Usted dijo que compraría el doble de producto, no puedo
mejorar el precio. Pues solo traigo mil ochocientos, que pienso gastar en mis
últimos cinco regalos, así que por favor, permítame salir. Internamente deseaba
que no aceptara la oferta, la avaricia cegaba su juicio. ¡Hecho! contestó la
mujer.
Finalmente
logró salir de ese intimidante lugar para reencontrarse con sus amigos. Luigi
orgulloso de su gran compra, temblaba un poco por la emoción de la pugna. Sin
saber, que unos meses más tarde, lo único que no se rompería y seguiría siendo útil, de todo lo comprado,
fueran aquellas corbatas tan baratas y el juego de té sigue inmaculadamente
nuevo en su caja, dentro de algún cajón. Lo barato sale caro, pero viene
disfrazado con atuendo de victoria.
Luigi

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