Un absoluto silencio lo invade, se
nota exaltado, Juguetea un poco con los dedos del pie, mientras abre los ojos. Se
levanta de la cama súbitamente, camina hacia la ventana, que abarca un muro de
la habitación, desliza las cortinas y nota que la lluvia ha cesado. Un gris espeso
predomina en el paisaje. De las nubes caen magnánimos edificios, lentamente
baja la mirada y nota gran movimiento en las calles a sus pies. Imagina como
las abejas buscan ansiosas el polen.
Estira lo brazos intentando tocar el
techo, da un gran bostezo y velozmente se pone ropa cómoda para bajar a
desayunar al lobby.
¿En
qué habitación se hospeda? –Pregunta la menuda mujer detrás del pódium recibidor,
color cerezo- trescientos siete, contesta Luigi. La sigue hasta una mesa
circular para dos, junto al ventanal. Deja su laptop en una silla y se pone los
audífonos, conecta al teléfono celular. El piano avisa que Xavier Naidoo
comenzará a cantar.
Se acerca a la barra del bufet. Tararea la
melodía, husmea un poco aquí y otro poco allá, tratando decidir cuál será su
elección. Lamenta no encontrar chilaquiles, la mayoría de los platillos que ve,
le sería más apetecible durante la comida. Sin prisa se acerca a un extremo de
la barra y comienza a servir, mientras lee a media voz; salmón dulce, salchicha
de maple, tocino, huevo cocido en vinagre, noddles. Un poco para probar de todo,
se dice. Toma de otra barra una bebida que según explica el dibujo, tiene algo
que ver con el intestino.
Toma
asiento y termina de escuchar las últimas notas del gutural canto. Su mente se
remonta a unos años atrás, cuando él y sus amigos tomaron clases de alemán
cantando. La ridícula escena del grupo repitiendo el complicado sonido mientras
cantaban le provoco una sonrisa. Toma el teléfono, garabatea en él y aparece un
minúsculo letrero que dice, el video llamado está siendo enlazado.
En pixeleado detalle
muestra el rostro de su bronceada amiga caminando por una bohemia calle
caribeña. ¡Mi amor! -Grita la entusiasmada mujer- Tras informales saludos. Melissa
interrumpe y pregunta: ¿Listo para trabajar?
-¡Muero de miedo! Contesta mientras demuestra su frustración con una
mueca. Ella le aconseja, no se vista con nada llamativo en su primer día de oficina,
reglas de urbanidad decía, honra al anfitrión, pero no sobrepases su vestir, podrían tomarlo como agresión,
no conoces a tus compañeros de oficina, mañana será, solo, el primer día, ya
habrá tiempo de que los encantes de alguna otra forma, no te presiones. Sé cordial
y no tomes confianza muy pronto. Tras sus consejos, la sensual mujer se
despide.
Cierra los ojos, por un
instante su rubio y lacio cabello llega al mentón, hace juego con su desgarbada
ropa y la expresión de tranquilidad en su rostro. Recuerda el lugar, regresa a
la preparatoria, momento en que sonreír es religión; Soplo en que absolutamente
nada tiene importancia. Instante en que se sienta de piernas cruzadas sobre la
banca de concreto frente al jardín, prende un cigarro. Observa cuan joven y
ridículo se ve con aquel cigarrillo del diminuto camello entre sus dedos. Respira profundo, inhala el humo llenando sus
pulmones y abre los ojos. Observa su desayuno más tranquilo.
La
mesera se acerca cordialmente y ofrece café, asiente con un movimiento facial. Observa
su plato nuevamente y decide pinchar con el tenedor una salchicha. El cambio de
horario ha eliminado su hambre, sabe que debe comer algo, no tiene planeado
probar bocado hasta entrada la tarde que vea a su jefe. Este pensamiento le
recuerda, quedó de llamar para acordar hora.
Toma
el celular prestado y busca el nombre, saluda a su jefe y este le contesta con
una voz casi incomprensible, se disculpa por que llegará más tarde, el catarro
que lo acechaba el día anterior, tomó forma durante la noche. Luigi ofrece
verse al día siguiente para ir a trabajar, hoy tomará un paseo y buscará algo más
tarde para cenar, una hamburguesa o algo sencillo de ordenar.
Toma el huevo cocido de su base y lo
ve con desconfianza, el huevo rojizo tiene manchas oscuras, lo olisquea y rompe
el cascaron, con cuidado quita hasta el último vestigio de dureza, nota que la
clara resulta ser oscura, entintada. Corta el huevo y con ayuda del cuchillo,
postra un poco de huevo con yema. El avinagrado sabor no es de su agrado,
decide intentar con el noddle. Tras una breve lucha entre el tenedor y el fideo
logra meterlo en su boca y decide que el sabor es bueno. Aunque insiste en que
se le antoja más para comida.
Tras
probar el salmón y el resto de la comida en su plato, da un último sorbo a su
café y destapa el pequeño bote del intestino impreso, sólo para darse cuenta
que el sabor le es familiar. No es más que una versión china de ese líquido
blanco con lactobacilos que venden en su país.
Se pone de pie agradece a la mesera
sus finas atenciones y sale del restaurante, camina a través del lobbie y ve a
un grupo de ocho ejecutivos orientales, todos serios, sin expresión. -¿Qué pensarán
de mí? Me verán con el mismo interés cuando gesticulo excesivamente, ¿mi jefe
pensará que ejercito demasiado mis músculos faciales? Se preguntaba Luigi-.
Con
la costumbre de presionar cómo mínimo cinco veces el botón de elevador, espera
sonriente su llegada. Tomaré una siesta, me baño y saldré a caminar. La digestión
y el Jet Lag están cerrando mis parpados, se dice mientras sube a la habitación.
Luigi

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