martes, 11 de febrero de 2014

Desayuno en China

Un absoluto silencio lo invade, se nota exaltado, Juguetea un poco con los dedos del pie, mientras abre los ojos. Se levanta de la cama súbitamente, camina hacia la ventana, que abarca un muro de la habitación, desliza las cortinas y nota que la lluvia ha cesado. Un gris espeso predomina en el paisaje. De las nubes caen magnánimos edificios, lentamente baja la mirada y nota gran movimiento en las calles a sus pies. Imagina como las abejas buscan ansiosas el polen. 
Estira lo brazos intentando tocar el techo, da un gran bostezo y velozmente se pone ropa cómoda para bajar a desayunar al lobby.
            ¿En qué habitación se hospeda? –Pregunta la menuda mujer detrás del pódium recibidor, color cerezo- trescientos siete, contesta Luigi. La sigue hasta una mesa circular para dos, junto al ventanal. Deja su laptop en una silla y se pone los audífonos, conecta al teléfono celular. El piano avisa que Xavier Naidoo comenzará a cantar.
             Se acerca a la barra del bufet. Tararea la melodía, husmea un poco aquí y otro poco allá, tratando decidir cuál será su elección. Lamenta no encontrar chilaquiles, la mayoría de los platillos que ve, le sería más apetecible durante la comida. Sin prisa se acerca a un extremo de la barra y comienza a servir, mientras lee a media voz; salmón dulce, salchicha de maple, tocino, huevo cocido en vinagre, noddles. Un poco para probar de todo, se dice. Toma de otra barra una bebida que según explica el dibujo, tiene algo que ver con el intestino.
            Toma asiento y termina de escuchar las últimas notas del gutural canto. Su mente se remonta a unos años atrás, cuando él y sus amigos tomaron clases de alemán cantando. La ridícula escena del grupo repitiendo el complicado sonido mientras cantaban le provoco una sonrisa. Toma el teléfono, garabatea en él y aparece un minúsculo letrero que dice, el video llamado está siendo enlazado.
En pixeleado detalle muestra el rostro de su bronceada amiga caminando por una bohemia calle caribeña. ¡Mi amor! -Grita la entusiasmada mujer- Tras informales saludos. Melissa interrumpe y pregunta: ¿Listo para trabajar?  -¡Muero de miedo! Contesta mientras demuestra su frustración con una mueca. Ella le aconseja, no se vista con nada llamativo en su primer día de oficina, reglas de urbanidad decía, honra al anfitrión, pero no  sobrepases su vestir, podrían tomarlo como agresión, no conoces a tus compañeros de oficina, mañana será, solo, el primer día, ya habrá tiempo de que los encantes de alguna otra forma, no te presiones. Sé cordial y no tomes confianza muy pronto. Tras sus consejos, la sensual mujer se despide.  
Cierra los ojos, por un instante su rubio y lacio cabello llega al mentón, hace juego con su desgarbada ropa y la expresión de tranquilidad en su rostro. Recuerda el lugar, regresa a la preparatoria, momento en que sonreír es religión; Soplo en que absolutamente nada tiene importancia. Instante en que se sienta de piernas cruzadas sobre la banca de concreto frente al jardín, prende un cigarro. Observa cuan joven y ridículo se ve con aquel cigarrillo del diminuto camello entre sus dedos.  Respira profundo, inhala el humo llenando sus pulmones y abre los ojos. Observa su desayuno más tranquilo.
            La mesera se acerca cordialmente y ofrece café, asiente con un movimiento facial. Observa su plato nuevamente y decide pinchar con el tenedor una salchicha. El cambio de horario ha eliminado su hambre, sabe que debe comer algo, no tiene planeado probar bocado hasta entrada la tarde que vea a su jefe. Este pensamiento le recuerda, quedó de llamar para acordar hora.
            Toma el celular prestado y busca el nombre, saluda a su jefe y este le contesta con una voz casi incomprensible, se disculpa por que llegará más tarde, el catarro que lo acechaba el día anterior, tomó forma durante la noche. Luigi ofrece verse al día siguiente para ir a trabajar, hoy tomará un paseo y buscará algo más tarde para cenar, una hamburguesa o algo sencillo de ordenar.  
Toma el huevo cocido de su base y lo ve con desconfianza, el huevo rojizo tiene manchas oscuras, lo olisquea y rompe el cascaron, con cuidado quita hasta el último vestigio de dureza, nota que la clara resulta ser oscura, entintada. Corta el huevo y con ayuda del cuchillo, postra un poco de huevo con yema. El avinagrado sabor no es de su agrado, decide intentar con el noddle. Tras una breve lucha entre el tenedor y el fideo logra meterlo en su boca y decide que el sabor es bueno. Aunque insiste en que se le antoja más para comida.
            Tras probar el salmón y el resto de la comida en su plato, da un último sorbo a su café y destapa el pequeño bote del intestino impreso, sólo para darse cuenta que el sabor le es familiar. No es más que una versión china de ese líquido blanco con lactobacilos que venden en su país.
Se pone de pie agradece a la mesera sus finas atenciones y sale del restaurante, camina a través del lobbie y ve a un grupo de ocho ejecutivos orientales, todos serios, sin expresión. -¿Qué pensarán de mí? Me verán con el mismo interés cuando gesticulo excesivamente, ¿mi jefe pensará que ejercito demasiado mis músculos faciales? Se preguntaba Luigi-.
            Con la costumbre de presionar cómo mínimo cinco veces el botón de elevador, espera sonriente su llegada. Tomaré una siesta, me baño y saldré a caminar. La digestión y el Jet Lag están cerrando mis parpados, se dice mientras sube a la habitación.

Luigi

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