miércoles, 12 de febrero de 2014

Un café en China

Al momento de despertar de su corta siesta, se siente bastante contento, cuestiona a qué hora llegarán los estragos de tan radical cambio de horario. Tras una corta ducha, toma su tiempo en elegir la ropa que llevará a la calle. ¿Viajar por trabajo me hace exitoso? No lo creo, se decía adoptando un rostro reflexivo. Pese a que no es la persona más productiva, el realmente se considera exitoso. ¿Qué es el éxito sino la realización de nuestros deseos? Es extender la felicidad progresivamente, vivir lo que se quiere, querer lo que se vive. Sobre todo, disfrutar el camino que te lleve a cualquier destino, sin importar llegues a tal lugar. Se dice mentalmente mientras pasa un delgado peine por el cabello húmedo.
            Lava sus dientes y se dirige a la cama, se sienta para ajustar el cordel de sus zapatos. Una última ojeada al espejo, toma gorro, guantes y bufanda. Listo. Sale de la habitación y se dirige al elevador. La imagen de una pareja oriental tomados del brazo se hace presente conforme las puertas del ascensor abren. Silencio incomodo que irrumpe pensamientos, -curiosa cosa el amor- cantonea una voz en su cabeza.
            La gran puerta giratoria lo recibe e invita a jugar, Luigi rechaza  desganadamente al cruzar el umbral.  Juan Luis Guerra sugiere un poco de cafeína a su oído. Endereza la espalda e imprime más energía en cada zancada.  
Después de unas cuantos pasos, tras un parque repleto de inmensos pinos, gira a la derecha. La llovizna vuelve tenue y rítmica. La humedad lo hace sentir cómodo. Repentinamente, como por arte de magia mil sombrillas se despliegan ante su vista, los rostros se cubren de nailon multicolor.
El ser humano y su ingenio, replica su mente, hemos creado techos que nos cubren de la lluvia en todo momento, incluso nos acompañan por las calles, ha convertido nuestra timidez envasando valentía en pequeños frascos etílicos y nuestra corta memoria en libros eternos, levantado ciudades en desiertos y llevado la sabiduría universal a la palma de tu mano.  
A lo lejos, dentro de un círculo verdusco y blancas letras, distingue a la sirena de dos colas que entrega a diario millones de litros, costosísimo líquido castaño lleno de energía.  ¿Será esta una de las tres tiendas que abre al día? Se pregunta mientras dirige su paso al establecimiento.
 Espera en la línea a que atiendan a los tres hombres de baja estatura frente él. Nota como una joven con auriculares sentada, le observa tímidamente al tomar café. Éste sonríe y avanza. Mira al mostrador y nota como un altísimo hombre de ojos rasgados se desliza grácilmente entre las licuadoras y la máquina de expreso, inusualmente veloz, hasta para esta cadena que se caracteriza por su rapidez. Avanza un paso, lee en la pared el menú, es como en casa, (no es la primera vez que agradece mentalmente al emporio por su fidelidad a los manuales y monotonía bautismal).  Avanza, se para frente a la caja, saca la cartera y ordena el más grande de sus vasos de café con un chorrito de leche fría, baja en grasa. hace efectiva su dorada tarjeta, el joven barista entrega su bebida. Cuidadosamente guarda la nota y sale del local.
Caminando a paso presuroso observa una gran tienda de costosos bolsos neoyorquinos, se detiene unos instantes para observar la plateada y obesa figura de un monumento, es como un luchador de sumo cayendo o flotando, el obeso flotante, concluye Luigi.
Una encrucijada detiene su paso, enormes avenidas se fusionan, caminar ahí sería un suicidio, piensa, unos segundos más tardes se percata, a su derecha, dos escaleras mecánicas inundadas de gente. Monta la ascendente a tropel, maravillado observa como esta lo lleva a un segundo piso peatonal, calles y bancas, todo flotando sobre el bullicio y descontrol automovilístico.
Decide sentarse en un parque colmado de deshojados cerezos, observa la escultura de un grupo de estudiantes o al menos eso le parece, uno monta su bicicleta mientras otros dos charlan. Obliga su respiración a ser mas profunda, en ese momento la llovizna se convierte en chubasco, respira profundo y decide regresar al hotel.
Cuando vaya por mi hamburguesa en un rato no debo olvidar mi sombrilla, piensa mientras sus ideas se humedecen.  

Luigi

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