Al momento de despertar de su corta
siesta, se siente bastante contento, cuestiona a qué hora llegarán los estragos
de tan radical cambio de horario. Tras una corta ducha, toma su tiempo en
elegir la ropa que llevará a la calle. ¿Viajar por trabajo me hace exitoso? No
lo creo, se decía adoptando un rostro reflexivo. Pese a que no es la persona
más productiva, el realmente se considera exitoso. ¿Qué es el éxito sino la
realización de nuestros deseos? Es extender la felicidad progresivamente, vivir
lo que se quiere, querer lo que se vive. Sobre todo, disfrutar el camino que te
lleve a cualquier destino, sin importar llegues a tal lugar. Se dice mentalmente
mientras pasa un delgado peine por el cabello húmedo.
Lava
sus dientes y se dirige a la cama, se sienta para ajustar el cordel de sus
zapatos. Una última ojeada al espejo, toma gorro, guantes y bufanda. Listo.
Sale de la habitación y se dirige al elevador. La imagen de una pareja oriental
tomados del brazo se hace presente conforme las puertas del ascensor abren.
Silencio incomodo que irrumpe pensamientos, -curiosa cosa el amor- cantonea una
voz en su cabeza.
La
gran puerta giratoria lo recibe e invita a jugar, Luigi rechaza desganadamente al cruzar el umbral. Juan Luis Guerra sugiere un poco de cafeína a
su oído. Endereza la espalda e imprime más energía en cada zancada.
Después de unas cuantos pasos, tras un
parque repleto de inmensos pinos, gira a la derecha. La llovizna vuelve tenue
y rítmica. La humedad lo hace sentir cómodo. Repentinamente, como por arte de
magia mil sombrillas se despliegan ante su vista, los rostros se cubren de nailon multicolor.
El ser humano y su
ingenio, replica su mente, hemos creado techos que nos cubren de la lluvia en
todo momento, incluso nos acompañan por las calles, ha convertido nuestra timidez envasando
valentía en pequeños frascos etílicos y nuestra corta memoria en libros
eternos, levantado ciudades en desiertos y llevado la sabiduría universal a la
palma de tu mano.
A lo lejos, dentro de un círculo verdusco y blancas letras, distingue a la sirena de dos colas que entrega a
diario millones de litros, costosísimo líquido castaño lleno de energía. ¿Será esta una de las tres tiendas que abre al
día? Se pregunta mientras dirige su paso al establecimiento.
Espera en la línea a que atiendan a los tres hombres
de baja estatura frente él. Nota como una joven con auriculares sentada, le observa
tímidamente al tomar café. Éste sonríe y avanza. Mira al mostrador y nota como
un altísimo hombre de ojos rasgados se desliza grácilmente entre las licuadoras
y la máquina de expreso, inusualmente veloz, hasta para esta cadena que se
caracteriza por su rapidez. Avanza un paso, lee en la pared el menú, es como en
casa, (no es la primera vez que agradece mentalmente al emporio por su
fidelidad a los manuales y monotonía bautismal). Avanza, se para frente a la caja, saca la
cartera y ordena el más grande de sus vasos de café con un chorrito de leche fría,
baja en grasa. hace efectiva su dorada tarjeta, el joven barista entrega su bebida. Cuidadosamente
guarda la nota y sale del local.
Caminando a paso presuroso
observa una gran tienda de costosos bolsos neoyorquinos, se detiene unos instantes
para observar la plateada y obesa figura de un monumento, es como un luchador
de sumo cayendo o flotando, el obeso flotante, concluye Luigi.
Una encrucijada detiene su
paso, enormes avenidas se fusionan, caminar ahí sería un suicidio, piensa, unos
segundos más tardes se percata, a su derecha, dos escaleras mecánicas inundadas
de gente. Monta la ascendente a tropel, maravillado observa como esta lo lleva
a un segundo piso peatonal, calles y bancas, todo flotando sobre el bullicio y
descontrol automovilístico.
Decide sentarse en un
parque colmado de deshojados cerezos, observa la escultura de un grupo de
estudiantes o al menos eso le parece, uno monta su bicicleta mientras otros dos
charlan. Obliga su respiración a ser mas profunda, en ese momento la llovizna
se convierte en chubasco, respira profundo y decide regresar al hotel.
Cuando vaya por mi
hamburguesa en un rato no debo olvidar mi sombrilla, piensa mientras sus ideas
se humedecen.

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