miércoles, 5 de marzo de 2014

Ricardito

Abuelo, como supiste que mi Abue sería la dueña de tus quincenas, preguntó el alto muchacho en el smoking  que hojeaba la revista sentado en el equipal junto a la cama del anciano. 
            Aunque con mirada cansada, el señor de grandes orejas y mentón pronunciado, emanaba un aire de vitalidad y juventud. Se le veía de una pieza, siempre sonriente y dicharachero. En su juventud, afamado maratonista, galán indomable y querido como el que más.
            Eso fue sencillo Ricardito, intervino el viejito, -no hubo necesidad de tomar decisión alguna, cuando lo pensé ya tenía una vida amándola-.
            -Nos conocimos cuando nuestros poros emanaban juventud. Su ondulado cabello se le venía al rostro todo el tiempo. Podía ver ese rizo recorrer aquella rosada mejilla por horas en cuestión de segundos.-
            El joven Enderezó la postura e inclinando el rostro para mirar mejor a su abuelo, dijo: ¿Crees que te faltó tiempo?
            El anciano rascó su cabeza y recorrió su espalda hasta la cabecera. –Creo que esa pregunta no es tan sencilla. Viví cien vidas con tu abuela, en treinta y cinco años, ni viviendo otras cien más sería suficiente de ella. Cuando uno ama crece, si se ama siempre, siempre habrá espacio para ser más feliz y si se hace inteligentemente aún en el recuerdo se mantiene esa felicidad hasta el final de los días. De tal forma que creo, mi tiempo sigue siendo y será recortado pero justo-.
            -Abuelo, tengo días dando vueltas a un asunto, me gustaría conocer tu más sincera y cruda opinión sobre algo: Sabes que tengo un par de meses saliendo con Georgina. Bueno, pues ella es la que me trae de un ala-.
            El anciano abrió sus ojos más de lo usual, su rostro se tornó rosado y era fácil percibir que se le escapaba una sonrisilla burlona.
            Se paró súbitamente, y recargó la mano derecha sobre la madera tallada al pie de la cama -no te burles abuelo, farfulló el muchacho.
            -Siento que no es suficiente el tiempo que estoy con ella,  podemos pasar horas juntos y simplemente quiero más. Quiero hacerle entender que no pretendo seguir buscando, encontré a la persona con quien quiero pasar mis días. Pero tengo 29 y creo me faltan algunas fiestas y uno que otro viaje por realizar antes de pensar en un compromiso de ese tamaño.-
            Oh mi nieto que tonto eres, masculló el anciano. -¿tú crees que alguien, que no sea el que refleja su imagen en el espejo, puede contestar eso?-
            El hombre de la blanca cabellera giró su cuerpo y sin mayor problema incorporó su delgado cuerpo, mostrando el recuerdo de sus, alguna vez, trabajados bíceps. Levantó el brazo y señalándolo dijo, solo tú decides si es hora, lo mejor es no involucrar ajenos.
            -todos te hablarán de cómo les fue en la feria y eso solo te nublará más. Unos dirán que es tiempo, que sigas a tu corazón; Otros a tu juventud, al momento.
            -Lo único que yo te puedo aconsejar es que te desaconsejes-.
            -Visualiza tu vida, lo que más te importa, lleva esa idea a un paseo por el parque: estresado, sales de casa a buscar cansancio, quemar esa energía excesiva que eriza las entrañas. El día esta soleado pero el aire y la sombra dan un toque fresco.  El tiempo es tuyo y no sientes presión alguna ya, aceleras tu paso.-
            -Trotas un par de vueltas, te sientes agotado pero decides seguir un poco más, nunca habías llegado tan lejos a lo mejor es que no hay competencia. Tú decides si das varias vueltas más o solo una, correr o caminar, tomar un respiro, no importa eso, solo tú y tu cuerpo sabrán cuando descansar, decidirán en qué momento se debe llegar a casa tomar, una larga ducha, sentir tu cuerpo lleno de vida al secarte, caminar a la cama y abrazar tu almohada, tu vida, tu pareja.-
            Toc, toc, toc, sonó la puerta y una voz femenina grave se escuchó a través de la puerta. –Ricardo, ya es hora.-
            Pasa abuela, dijo el joven.
            ¿Qué haces muchacho? ¡Tú prometida te espera! Decía la anciana mientras acomodaba su elaborado peinado. -¡Me recuerdas a tu abuelo, en las nubes todo el tiempo!- Continuó la anciana mientras se alejaba de la puerta en dirección a las escaleras.

Fin.


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