miércoles, 2 de abril de 2014

ERIKA

Llevaba ya un tiempo considerable estudiando piano, siempre constante, podría decirse que era ya una experta,  nunca faltó a una sola clase, los dedos eran cada vez más ligeros y veloces; sus ojos leían las partituras tan fácilmente como su novela antes de dormir.
            Solía exigirse mucho para algún día llegar a ser la mejor. Su aspiración apuntaba hacia lo creativo y era justo ahí donde se le presentaba el problema, parecía ser que cada que Erika quería escribir música propia, su mente quedaba en blanco y no había forma que escribiera nada. A lo mucho, algún esbozo de dibujo.
            Una mañana de invierno sentarse y esperar a que la inspiración aflorara. Cuatro horas duró ahí sentada, dividiendo su tiempo entre el banquito del piano que adornaba su sala y la silla del escritorio que daba a la ventana.
            Pasado este tiempo y crecida su frustración tomó su cuaderno pautado y lo lanzó contra la pared al otro extremo de la habitación, mientras gritaba:

Admirable talento el de mi persona,
Seguro soy pariente del perico.
Cuando repito todo se acciona
Pero por más que quiero nada fabrico.

            La libreta rebotó con el muro, mostrando sus hojas, giró en el aire y de alguna forma cayó abierto junto a la mesa del comedor. Se acercó molesta y refunfuñando sobre su falta de cordura. Al agacharse por el cuadernillo, esquivó el borde de la mesa para evitar un golpazo, pero diferente fue su suerte al alejarse de ésta.
            Un aullido de dolor inundó la habitación, que al final la hizo caer tras tremendo golpe en la nuca. Sintió como un cálido liquido recorría su cráneo en dirección a su nariz postrada sobre el cuaderno, vio una delgada y rojiza línea escurrir la hoja.
            Cerró sus ojos, tomó un fuerte respiro y sin mover otro músculo volvió a abrirlos. Pudo ver como la sangre empezaba a dibujar algo que de principio no reconocía. El suave recorrido circular cambió en pendiente y tras una leve curva volvió para terminar de formar una perfecta Clave de Sol.
            Tras un instante sus ojos se enrojecieron y sintió como el cuerpo se integraba a la página de papel, no hubo ningún malestar, por el contrario un aire de paz inundaba sus sentidos.

            Un parpadear después se encontró recostada sobre cinco listones gruesos y negros, tan suaves y resistentes como la seda. Supo de inmediato que no caería ya que estaban unidos de alguna forma. Pasados unos instantes, cuando por fin convenció a su cuerpo que era tiempo, tras irresolutos intentos logró incorporarse.
            Fue ahí donde por fin notó que no estaba sola, una señora, más grande que la que haya visto jamás, observaba atenta, sentada sobre un sillón tinto que, muy a duras penas, se mantenía sobre los listones que soportaban el peso, empezaba muy angosto e iba creciendo para sostener el cuerpo de la curveada figura.
            La elegante mujer del vestido escarlata solo giraba su cabeza como tratando de entender que le pasaba a la atolondrada muchacha frente a ella. Vacilante, preguntó – ¿sabes caminar?
            Erika sacudió su ropa y dijo – ¡Claro!- con una leve mueca de molestia. -Que haces chiquilla en estos terrenos, si siempre nos ves desde tan alto en los cielos-.
            La joven sentía que el preocupar de la señora era más un manifiesto de actitud burlona. Ignoró por un instante sus modales y decidió enfocarse a su equilibrio. No entendía como estos listones podían sostener el enorme peso de la robusta mujer, a sí misma la hacía sentir inestable. Era como tratar de mantener equilibrio sobre una tela, tensa, suspendida en el aire.
            Un momento -replicó la joven- a que se refiere con que los veo. A usted no la conozco y honestamente no sé dónde estoy. Me golpee muy fuerte y creo que estoy soñando. De ser así, supongo que usted es la Clave de Sol.
            - ¡Me llamo Soledad!, no seas igualada, Sol me llaman mis cercanos. Veremos quién eres y si ganas el llamarme así. Y que te quede claro –continuó la ensalzada mujer- sólo si llegamos a ser amigas te podría dar la clave.-
            Erika no entendía muy bien que estaba pasando pero debió de divertirle la situación ya que se sentó y conversó con la mujer. Conversó por horas y horas.
            Hablaron de historia y de autores, libros cuentos y flores. Resultó que tenían más en común que nadie que, alguna de ellas, hayan conocido.
            Soledad sabía mucho, le enseñó de compases e interpretación, sintonía, sinfonía y armonización. Aconsejaba y no regañaba, siempre de manera sarcástica le explicaba.
            -¿Tamaño? Que absurda sois, pequeña. El sonido fluye sin espacio, simplemente cubre sin ocupar, se conforma de silencios y momentos, la inspiración no fluirá si insistes en escuchar, cuando ignoras lo que hace hermosa la melodía: esos silencios que llegan en el justo momento, dando matices al sonido, cincelando el espacio, fusionando todo.-
            -Cómo escribir notas de amor si la inspiración es molestia, es como escribir sobre felicidad mientras alguien te está pellizcando.-
            Al decir estas palabras Erika instintivamente sujetó su bicep y se dio un fuerte apretón en la piel.
            Volteó a ver su brazo y en ese instante estaba de vuelta sentada sobre el banquito de su piano, tocando instintivamente una melodía jamás escuchada, tocó y tocó la pianista liberó su alma a través de los dedos.
            Lloró por su terquedad y lloró por su empeño. Sonrió y siguió tocando, recordando aquel momento de loco desenfreno el golpe y su amiga. Sin darse cuenta con cada paso que dio fue marcando el compás de una nueva nota. La música es como las letras que lee en sus cuentos por primera vez, van tomando forma al vivirlas.





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